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Notas al traslúz

Tita...La Merello...¡la de todos! Alfredo Lepera, el poeta olvidado Homero Manzi, rebelde de sur vestido
Fco. Canaro en la vanguardia Como nació el tango "Se va la vida" Del tango procaz al pacato"

TITA... LA MERELLO... ¡LA DE TODOS!

Se nos fue, para quedarse para siempre entre nosotros, horas antes del Nacimiento de Cristo, de Jesús... del hijo de Dios, un 24 de Diciembre de 2002. Su lugar de destino: la diestra del Señor. Porque sus pecados, siempre... siempre fueron redimidos.
No nació en un pesebre, pero se crió en un orfanato, un asilo, y allí conoció el hambre y el miedo. Mamó abandono y soledad.
Hasta los 20 años fue analfabeta, no sabía leer ni escribir; su escuela tuvo nombre: Caminar por la Vida.
Vida azarosa y de penurias, que forjó un carácter rebelde, contradictorio, avasallador, inquietante y con cierta dosis de misterio.
Escapa a toda definición simple. Simplemente tuvo la mayor de las virtudes: ser leal a sí misma.
”Se dice de mí” no se escribió para ella. Es ella. Es Tita mostrándose. Es su mejor Biografía.
Cuantas veces habrá preguntado... ¿Dónde hay un mango, Viejo Gómez?. Cuantas veces habrá deambulado entre las “Nieblas del Riachuelo” queriendo ser querida. Cuantas veces, como Discépolo, observaron y vivieron “la soledad internacional” del que está solo.
Cuantas veces, como a Enrique Santos, “la panza que es reina”, les alertó que “el verdadero amor se ahogó en la sopa”. Cuantas veces... cuantas veces Laura Ana fue “un arlequín que salta y baila para ocultar un corazón lleno de pena”. Pena no sólo propia; pena por los demás.
En uno de sus últimos reportajes, manifestaba: “...el hombre es un Cristo”, “el hombre que busca trabajo es un Cristo...”, “no hay tiempo de pensar en Cristo...”.
Como en una regla de tres simple, como en una sencilla ecuación matemática, la conclusión es obvia: ¡no hay tiempo de pensar en el hombre sin trabajo!. Al cumplir sus 98 años, dijo: “Antes de irme de este mundo, quisiera ver a la Argentina otra vez de pie”. La Argentina se pondrá de pie, dejará de trastabillar, cuando el hombre sin trabajo lo obtenga, abandone esa cruz, ese suplicio, y como Cristo resucite a la vida.
Más de un “ilustrado”, si sintiera como sintió “La Merello” dejaría de ser un analfabeto social y humano, y como ella, ganaría ese lugar de privilegio: el Cielo.
Estas apreciaciones, últimas en su vida, no son el producto de ser una “vieja sabia” o de una “sentenciosa senil”, ni por asomo el resultado de la “angustia añosa” o de “cansancio vivencial”. Es de siempre.
Terminaría en 1955, trabajando en parques de diversiones, por pensar de idéntica manera, siempre igual.
Puede incluírsela en la interminable lista de “malditos” en la historia argentina. Se pretendió con ella, hacer lo mismo que con muchos otros... condenarla al silencio y al olvido. Fue en vano.
El tango no puede ser condenado, y Tita es la mujer hecha tango, el tango hecho mujer.
El tango, al decir del Viejo Discepolín, “es una mezcla de rabia, de dolor, de fe, de ausencia”.
El dolor apesadumbra, da rabia y estalla, se hace acción y canción, y la canción da fe, ganas, impulso de seguir, de no abandonar y de estar. La ausencia no es la física, la del otro o de la otra, es la ausencia de valores, de justicia. Es la ausencia de la razón.
Esa es la “mezcla” tango. Esa es la “mezcla” Laura Ana “Tita” Merello.
Como condenarla, si hacerlo, es condenar la vida misma.
Pobres miopes; pobres “visionarios” de la realidad; pobres espíritus soberbios aquellos que pensaron castigarla con el ostracismo.
El silencio de los inocentes es un grito que aturde, un alarido estremecedor, un clamor de multitudes. Un resurgir impetuoso.
Y Tita resurge con entereza, con pasión, con fuerza. Puertas cerradas, sacrificios y sinsabores quedaban atrás.
La discografía, la radio, el cine y la televisión, son ámbitos propicios para su quehacer. Se la escucha cantar. Se la escucha decir.
Se introduce en las familias como una más. A las mujeres les estremece el oído “hacete un papanicolau...”. Ayuda a salvar vidas con diagnósticos tempranos.
Da consejos. No se calla. No puede callar, porque sabe que el que calla otorga. Y ella es Pueblo, y los pueblos no otorgan, sencillamente esperan.
Como Gardel y como Evita, ya es un mito. Mito, no como un fábula o una ficción, sino como una alegoría, como una figura rectórica, como un ícono sagrado.
Ana Laura... Tita... La Merello, la de todos. La de todos los que sentimos y pensamos que lo nuestro es nuestro, no por un rato, no por un efímero momento, sino por siempre.
Y lo profundamente nuestro, Nuestro, con mayúscula, es nuestra cultura nacional. Aquello que nos da identidad, pertenencia y presencia.
“Arrabalera”, la carancha de “Los Isleros”, “Filomena Marturano”, o aquella de “Mercado de Abasto”, “La Fuga”, “Guacho”, “Para Vestir Santos” o “Amorina” es Tita en sus más diversos matices; es su propia vida mostrada de diferentes maneras.
En sus cantos, en sus decires, en sus escritos o en sus interpretaciones, todos alguna vez nos vimos identificados, seguiremos identificándonos. Por eso es que La Merello no se fue.
Se quedará por siempre. Siempre que haya un argentino que se precie de tal.

Osvaldo Vergara Bertiche
Rosario, Argentina
Quedan reservados todos los derechos.

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ALFREDO LE PERA, EL POETA OLVIDADO

Cuando se escucha un tango, instintivamente, con rapidez de reflejos, se reconoce la autoría.
Esa autoría ha quedado grabada en el subconsciente colectivo... grabada en la memoria colectiva del pueblo.
Así, cuando escuchamos Sur, identificamos a Homero Manzi. Nos olvidamos del compositor, en este caso Anibal Troilo.
Cuando escuchamos Los Mareados, decimos Enrique Cadícamo, no tenemos en cuenta a Pascual Contursi.
Cafetín de Buenos Aires, es de Discépolo. No nos acordamos de Mariano Mores.
Anteponemos el conocimiento que tenemos de la letra, porque es la letra la que se ha incorporado, por diversas razones, a nuestro propio archivo intelectual.
Es la palabra, en definitiva, lo que identifica. Así, un rosario de palabras se hicieron escuchar en la ciudad de Rosario. En el III Congreso de la Lengua intervenciones plenas de reflexiones emotivas nos mostraron la esencialidad de la lengua para la vida humana.
El mensaje grabado para la ocasión por Francisco Ayala, de 98 años de edad, narrador, premio Cervantes y miembro de la Real Academia Española aseguró: “No hace falta ser poeta, dramático o filólogo, para que la lengua resulte ser algo propio, inherente a nuestra especie”.
Nuestro jujeño Héctor Tizón afirmó que la palabra es la elección entre la vida y la muerte y que la literatura conlleva a “la defensa de la individualidad contra lo falsamente universal” y alertó: “No se debe sacralizar las palabras por las palabras mismas porque el mal también se expresa con palabras”.
Con el sentir puesto en Latinoamérica, el escritor mexicano Carlos Fuentes destacó la variedad lingüística de la región. “Los primeros poetas fueron los indios”, evocó. Luego, refiriéndose al mundo actual, recalcó: “La globalización es multirracial, multicultural y multilingüe”, y afirmó que la palabra también sirve “para combatir las injusticias, humanizar las leyes y compartir la esperanza”. Dijo: “la lengua es el repertorio más amplio del alma humana”.
Quizás por eso, porque la lengua, la palabra es el repertorio más amplio del alma humana, cuando escuchamos un tango vivenciamos su letra y reconocemos su autoría.
El tango tiene poetas, poetas de valía, como Celedonio Flores, Enrique Cadícamo, Cátulo Castillo, Enrique Santos Discépolo, Homero Manzi, Homero Expósito.
Son entre otros los que ha permitido el reconocimiento de que existe una poesía en el tango.
Y la poesía es una obra literaria de relevante mérito, que ha sido compuesta por un escritor capaz de manifestar y transmitir aquello que pensó y sintió.
La vida íntima no se desliza al margen de la vida de los otros, a todos nos une cierto parentesco sentimental que nos hermana, nos hace semejantes.
Y ser semejantes es transitar las mismas alegrías y tristezas, ilusiones y desengaños, esperanzas y desilusiones.
Estos momentos íntimos, estas sensaciones vivenciales, estos estados anímicos, que muchas veces se hacen colectivos, lo explican filósofos y poetas.
Explican lo que ya ha pasado, pero sus explicaciones perduran, por cuanto, independientemente de situaciones concretas, momentos históricos precisos o circunstancias específicas, esos contrapuestos sentimientos se manifiestan en cada instante de la vida.
Es el poeta quién, no solo dice lo que piensa y siente, sino que además, penetra en el corazón, en el alma de sus congéneres. Esa suerte de mixtura de sensaciones propias y ajenas, hacen del poeta un servidor de la humanidad, y la materializa mediante un lenguaje propio, bello, y todo lo que es belleza enamora y cautiva.
Es la poesía una sabia mezcla de la que florece la esperanza, que es el componente esencial para persistir en la lucha por la vida.
Quizás, la poesía comenzó allá, cuando el hombre sintió el deseo de cantar y dar desahogo a un poderoso sentimiento de alegría o de tristeza.
El instinto poético tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza humana y por ende, contiene en sí su propia música.
Poesía - del griego poiesis - es una expresión artística de las realidades profundas de la vida y del espíritu humano por medio de la palabra (Diccionario Enciclopédico Vox - Tomo III). Y poeta es el que está dotado de imaginación poética (ídem anterior).
Así, Salvador Díaz Mirón, (1853 - 1928), poeta mejicano, en una brillante enumeración, y valiéndose de felices comparaciones, conceptos e imágenes, define ¡Que es Poesía! diciendo:

¡La poesía! - Pugna sagrada;
Radioso arcángel de ardiente espada;
Tres heroísmos en conjunción:
El heroísmo del pensamiento,
El heroísmo del sentimiento
Y el heroísmo de la expresión.

Flor que en la cumbre brilla y perfuma;
Copo de nieve, gasa de espuma;
Zarza encendida do el cielo está;
Nube de oro, vistosa y rauda;
Fugaz cometa de inmensa cauda;
Onda de gloria que viene y va.

Nébula vaga de que gotea,
Como una perla de luz, la idea;
Espiga herida por la segur;
Brasa de incienso, vapor de plata;
Fulgor de aurora que se dilata
De Oriente a Ocaso, de Norte a Sur.

Verdad, ternura, virtud, belleza,
Sueño, entusiasmo, placer, tristeza,
Lengua de fuego, vivaz crisol;
Abismo de éter, que el genio salva;
Alondra humilde que canta el alba;
Águila altiva que vuela al sol.

Himno que brota de la montaña;
Nostalgia obscura; pasión extraña;
Sed insaciable; tedio inmortal;
Anhelo eterno e indefinible;
Ansia infinita de lo imposible;
Amor sublime de lo ideal.

Pensamiento, sentimiento, expresión. Estos tres elementos están insertos en el tesoro cultural-poético de la humanidad. Es tan antiguo, tan rico y variado, que todos los grandiosos o terribles espectáculos de la naturaleza, los arrojos del heroísmo, los triunfos de la inteligencia humana, los afectos del corazón, los matices de la razón, los anhelos del alma, los nobles instintos patrióticos y los profundos preceptos de la fe y lo trascendente se encuentran en ese ánfora donde se consagra lo que ha sido cantado con cierta pompa y galanura de lenguaje, riqueza de color y multiplicidad de rimas.
Pero es en nuestro particular idioma, el habla de los argentinos, donde encontramos - justamente - una profunda producción poética de riquísimo contenido y erudición.
Leopoldo Lugones y Evaristo Carriego, herederos de la rima inconfundible del nicaragüense Rubén Darío, padre del modernismo, señalaron el camino para que toda una pléyade de poetas volcaran al tango sus inolvidables obras.
Esas obras, literarias en definitiva, son las que reconocemos, no sólo porque son gratas al oído, sino porque fundamentalmente se adentran en nuestros corazones.
Pero... siempre existe un pero.
Cuando escuchamos temas como Volver, Por una cabeza, Amores de estudiante, Arrabal amargo, Cuesta abajo, El día que me quieras, Guitarra, guitarra mía, Golondrinas, Lejana tierra mía, Los ojos de mi moza, Mi buenos Aires querido, Rubias de New York, Soledad, Sus ojos se cerraron o volvió una noche, los identificamos rápidamente, instantáneamente… y decimos Gardel!!
Alfredo Le Pera, el autor de esas letras pasa a ser así El poeta olvidado.
O a lo sumo, más de uno los identifica como temas de Gardel Le Pera, pronunciado como si fuera una persona de doble apellido.
Gardel el músico y el intérprete, ese intérprete que cada día canta mejor, tapó la genialidad poética del mayor romántico del tango, Alfredo Le Pera.
Este poeta del tango, injustamente, no es reconocido en toda su dimensión por los críticos, siendo, sin duda alguna, uno de los más relevantes de nuestra canción ciudadana.
Le Pera nace en San Pablo - Brasil el 7 de Junio del año 1900. Su padre se llamaba José Le Pera, su madre Maria Sorrentino.
A los 6 meses sus padres deciden radicarse en Buenos Aires.
El motivo de su emigración fue causado por una epidemia de gripe que asolaba el Brasil.
El matrimonio Le Pera tiene en Argentina tres hijos más, dos varones y una mujer.
Su padre, de origen italiano, era un empresario aceitero, de buen pasar por lo que no tuvo inconvenientes en insertarse rápidamente en el mercado argentino como comerciante.
Vivian los Le Pera en San Juan y Pichincha y sus hijos recibieron muy buena instrucción primaria en una tradicional escuela del Barrio. El Bachillerato lo cursan en el colegio Rivadavia.
Brillantes, inteligentes, los jóvenes Le Pera eran admirados y reconocidos por los profesores del Establecimiento Educacional.
Uno de ellos, el conocido escritor y poeta Vicente Martínez Cuitiño, con motivo de evaluar una trabajo de Literatura que había solicitado, señaló que el joven Alfredo lo deslumbró por la excelencia del mismo, reconociendo la aguda inteligencia de éste. Con el tiempo fue elegido como el mejor alumno de la clase.
Alfredo fue en su juventud un entusiasta alumno y observador de los movimientos culturales y sociales que se iban produciendo en el país donde desde un comienzo comenzó a admirar la prosa del poeta popular José González Castillo (padre de Cátulo).
Cuando finaliza el bachillerato, y para satisfacer a sus padres, comienza a estudiar medicina, (contra su voluntad), él realmente sentía que su inclinación era hacia las letras, más por no contradecirlos cursa hasta cuarto año.
A través de su ex profesor del secundario, Martínez Cuitiño, con quien cultivó la amistad después de sus estudios, accedió a los grupos literarios de Buenos Aires.
En ese ámbito poco a poco fue reconocido por su claridad y visión; uno de los integrantes del grupo, director de un prestigioso periódico de la época, lo invitó a trabajar en el diario Ultima Hora.
Lo hizo acompañando a Julio Escobar quien estaba a cargo de la página de teatro.
Corría el año 1920, y esta función lo obligaba a trabajar de noche y codearse con los artistas que rápidamente fueron seducidos por su personalidad extrovertida.
Sus notas periodísiticas, de características ácidas, rápidamente tuvieron un publico que le seguía día tras día.
Un día, hace una crítica negativa de un joven cantor que, a dúo, interpretaba canciones camperas al final de las obras teatrales.
Al otro día, se presenta a la redacción el afectado para pedirle explicaciones, a lo que Le Pera accedió y con una verba magistral convenció al reclamante que no había habido una intención aviesa, sino más bien se trataba de un comentario constructivo.
El joven que no era otro que Carlos Gardel, sintiéndose satisfecho le extendió la mano y se marcho, sin pensar que las vueltas de la vida los encontrarían diez años más tarde en Paris y sellarían una sociedad que se consideraría como el ensamble exacto entre un cantor y un poeta.
El prolifero Le Pera era brillante en la tarea que desarrollaba en el periodismo
Fue invitado por otros diarios a trabajar, y así lo hizo primero en La Acción y después en El Telégrafo, Llegando a ser Jefe de la Sección Variedades de este último y eso le permitió entablar relaciones con los mas destacados empresarios artísticos de Buenos Aires.
A partir de allí se le presento la oportunidad de exhibir en plenitud toda su vocación literaria, colaborando en la construcción de libretos para sainetes y revistas.
Por esos tiempos Enrique Santos Discépolo trabajaba en el teatro Sarmiento y comenzó una hermosa amistad con Le Pera quien le presento una obra que el genial Discepolín aceptó ponerla en escena, se trataba de “La Plata del Bebe Torres”, le siguieron “Piernas de Seda”; “Opera en Jazz” y “Gran Circo Político”, entre otras.
Le Pera ya era un consagrado como autor de comedias; su nivel económico había crecido, situación ésta que le permitiría vivir sin apremios de dinero.
Muy joven aun, se enamoró perdidamente de una de las artistas que trabajaban en el reparto de su comedia.
En su fantasía de iniciar una relación seria con miras al matrimonio compró un departamento en la Calle Corrientes y Uruguay. La suerte le fue esquiva.
La joven de nombre Aída Martínez, enfermó gravemente y Alfredo en su desesperación por salvarla, la llevo a Europa para su recuperación.
A pesar del cariño demostrado en esta actitud no pudo hacer nada y su novia falleció.
El desconsuelo del poeta quizás le haya hecho decir en Arrabal amargo:

Ella era mi luz / y ahora, vencido, /
arrastro mi alma / clavado a tus calles /
igual que a una cruz.

O quizá más patéticamente se expresa en sus ojos se cerraron:

Sus ojos se cerraron...
y el mundo sigue andando,
su boca que era mía
ya no me besa más,
se apagaron los ecos
de su reír sonoro
y es cruel este silencio
que me hace tanto mal.

Fue mía la piadosa
dulzura de sus manos
que dieron a mis penas
caricias de bondad,
y ahora que la evoco
hundido en mi quebranto,
las lágrimas pensadas
se niegan a brotar,
y no tengo el consuelo de poder llorar.

¡Por qué sus alas tan cruel quemó la vida!
¡por qué esta mueca siniestra de la suerte!
Quise abrigarla y más pudo la muerte,
¡Cómo me duele y se ahonda mi herida!

Yo sé que ahora vendrán caras extrañas
con su limosna de alivio a mi tormento.
Todo es mentira, mentira es el lamento.
¡Hoy está solo mi corazón!

Como perros de presa
las penas traicioneras
celando mi cariño
galopaban detrás,
y escondida en las aguas
de su mirada buena
la suerte agazapada
marcaba su compás.

En vano yo alentaba
febril una esperanza.
Clavó en mi carne viva
sus garras el dolor;
y mientras en las calles
en loca algarabía
el carnaval del mundo
gozaba y se reía,
burlándose el destino
me robó su amor.

Para tratar de olvidar este trago amargo, Le Pera juró no enamorarse más, pero nunca rechazó estar en compañía de mujeres que le ofrecían cariños pasajeros. Se volvió parco y taciturno, el golpe había sido grande, no podía entender que teniendo todo, juventud, dinero, ser reconocido en un ambiente donde para perdurar hay que tener talento, tuviera que pasar por semejante prueba; pero la vida es así; nada es para siempre.
En su etapa de la Facultad de Medicina se había puesto de novio con una estudiante llamada Vicenta Rodolico, (que llegó a recibirse de médica); cuando abandona los estudios, tomó distancia de esta joven; que ahora al saber que la compañera de Alfredo había fallecido, reapareció nuevamente en su vida.
Le Pera aceptó reiniciar la relación de amistad; más no el noviazgo, sin embargo la mujer abrigaba algún tipo de esperanza; Le Pera diría:

Callé mi amargura, y tuve piedad,
sus ojos azules muy grandes se abrieron,
mi pena inaudita pronto comprendieron
y con una mueca de mujer vencida
me dijo es la vida, y no la vi más...

La perseverancia de la mujer se acabó cuando Le Pera fallece en 1935 trágicamente, y entonces ella decide casarse con un colega medico.
En el año 1927, Le Pera estaba muy metido en el ambiente teatral a tal punto que con el empresario Mariano Hermoso viajan al Viejo Mundo, para adquirir nuevo vestuario y decorados para actualizar la escenografita de las obras que montaban.
Agudo observador, comprobó en su estadía en Francia, que los integrantes de la sociedad Parisina en sus habituales paseos se exhibían con perros de raza, más precisamente, galgos rusos; pensó que en Buenos Aires los de clase pudiente, tendiente a imitar la moda, serían clientes seguros, deseosos de estar con el ultimo toque de la moda nacida en la ciudad Luz.
En consecuencia adquirió treinta perros galgos rusos, los embarcó en un vapor rumbo a Buenos Aires, y tratar así de colocarlos a buen precio.
Demás está decir que el cambio de clima y el agotador viaje, hizo que la mitad de los canes murieran en el trayecto.
Transcurría el año 1928, y ya Le Pera comienza a adquirir una visión más aguda para encarar negocios, y acorde con las transformaciones permanentes que se iban generando en el mundo.
En esa vorágine, de adelantos típicos del progreso, los Estados Unidos capitalizaba la atención mundial con la naciente industria del Cine.
En sus comienzos el cine era mudo, y cuando el país del norte difunde en toda América Latina esta novedad , se encontraron con el problema que tenían que hacer conocer los diálogos de las distintas escenas, al nuevo mercado español.
Para subsanar esto, los norteamericanos crearon un sistema para traducir en los fotogramas los diálogos al castellano, a través de una pequeña máquina llamada “La Titra”.
A los distribuidores de Buenos Aires la Empresa Artistas Unidos les encargó montar una oficina con dos personas capacitadas para realizar esta tarea; y no dudaron; surgió espontáneamente los nombres de Le Pera y de Leopoldo Torres Ríos, quien seria, éste último, con los años uno de los mas famosos directores cinematográficos de Argentina.
Los consideraban las personas mas indicadas, dada su vocación e inteligencia para asimilar el avance del progreso, y además por estar consustanciados con el ambiente artístico.
Cuando ambos aceptaron la propuesta, la nueva actividad trascendió y Alfredo es rápidamente seducido por los directivos de la empresa Paramount para realizar la misma tarea en la filial de Paris (1929) donde la cantidad de trabajo era mucho mayor dado que el mercado hispano era más amplio.
Le Pera que íntimamente soñaba con vivir en Paris, aceptó gustoso y marchó inmediatamente al viejo continente.
Cuando se hizo cargo de la tarea, comprobó que era mucho mas intensa, dado que se abarcaba la difusión de películas en todos los países de habla hispana filmadas en Francia.
Y en 1931 se produce su encuentro, o reencuentro, con Gardel.
Carlos Gardel quien ya se encontraba triunfando desde hacia tres años en Paris , recibió una propuesta de los directivos de la Paramount para filmar un par de películas.
Esto no era caprichoso, sino que obedecía al impactante éxito que tenia entre el público nuestro Zorzal Criollo; comparable al que tenía el cantante francés Maurice Chevallier.
Los estudios de la empresa cinematográfica estaban ubicados en los suburbios de Paris en la localidad de Joinville, lugar donde Le Pera trabajaba.
Se dió que un día que Gardel concurre a hacer una prueba a los estudios, se le acerco el joven Le Pera para saludarlo, y le comenta que trabajaba allí desde hace un tiempo.
Carlos Gardel al reconocerlo y comprobar que estaba ante un compatriota, vital, inteligente, lleno de proyectos, quedo complacido.
A través de varios encuentros posteriores se fue tejiendo una profunda amistad, que solamente se truncaría cuando ambos fallecen en Medellín.
Tenían algo en común; los dos eran inteligentes, sabían lo que querían, y no obstante que Gardel tenia 10 años mas que él, los unía un solo propósito; ser triunfadores… cada uno en lo suyo.
Gardel y Le Pera fueron sin duda alguna La Sociedad Perfecta.
Ellos no pensaron que sin proponérselo estaban iniciando una amalgama que produciría un antes y un después en la vida de ambos. La etapa más relevante de Gardel se da cuando comienza a trabajar con Le Pera
En el caso de Le Pera, sería el despertar de su perfil poético dormido, hecho que quedaría demostrado a través de las letras de los tangos, que canto Gardel en sus películas.
La condición de ídolo popular que esgrimía Gardel, sumado al talento natural del que estaba dotado Le Pera hizo que se produjera esa sociedad perfecta, que produciría un resultado notable; resultado visible a través de los guiones de los filmes que escribió el talentoso escritor como así en las hermosas composiciones que elaboró para los nuevos éxitos del Zorzal Criollo.
Gardel filma su primera película “Luces de Buenos Aires” dirigida por el chileno Adelqui Millar.
En el año 1932 filma su segunda película, “Melodía de Arrabal” y su tercera “La Casa es Seria”, siendo Le Pera quién escribió sus guiones.
Alfredo Le Pera, vale repetirlo, fue un gran poeta, un visionario, una persona que estando al lado de Gardel contribuyó a ordenarlo en sus quehaceres; una pluma profunda que contribuyó a sostener su éxito.
Colaboró en construir el mito de Carlos Gardel.
Para avalar esta aseveración baste recordar que el es el autor de verdaderos éxitos.
Alfredo Le Pera fue el amigo inseparable de Gardel, acompañándolo en su experiencia en Nueva York donde escribió los libros de las películas “Cuesta Abajo” , “El Tango en Broadway” , “El día que me quieras”; y “Tango bar”.
Fue el amigo fiel y esa fidelidad lo llevo a compartir el mismo final.
El también fue una de las víctimas de la tragedia de Medellín el 24 de Junio de 1935 cuando solamente contaba 35 años.
Cuando los eruditos de la mejor música del mundo, citan a los grandes poetas del tango, inexplicablemente se olvidan, nombrar a Le Pera, hecho lamentable dado que merecería ser considerado dentro de los diez mejores poetas que dió nuestra música popular.
En 1935, realizan una nueva gira por todo Latinoamérica.
En Medellín, Colombia, será su última actuación; de allí en más emprenderá, con las fieles guitarras de Barbieri y Riverol y la inspirada pluma de Lepera, una gira celestial.
Los argentinos tenemos una certeza: saber que cada vez que en algún rincón del planeta alguien cante un tango de Lepera, será, antes que nada, su heredero y nuestro mejor representante.
Murieron en Medellín llamada “La ciudad de la eterna primavera”. El destino hizo gala de sutileza. Murieron en la primavera de su vida, tanto física como intelectual.
Y Le Pera fue premonitorio, porque en ese mismo año decía:

Yo adivino el parpadeo
de las luces que a lo lejos
van marcando mi retorno
son las mismas que alumbraron
con sus pálidos reflejos
hondas horas de dolor.

Y también señala:

Pero el viajero que huye
tarde o temprano detiene su andar.

Y lo detuvo; se detuvieron Gardel y Lepera y sus rimas quedaron para siempre en la memoria colectiva con su sabor agridulce, con la alegre tristeza de su compañía.
Le Pera y Gardel no pudieron volver a Buenos Aires; la voz de uno y el talento del otro. No volvieron con la frente marchita... Las nieves del tiempo no platearon sus sienes. Si sintieron que es un soplo la vida...
Cómo no va a ser culta la poesía del tango si es evidente el parentesco entre el poema “El día que me quieras” de Amado Nervo con la canción de igual título de Alfredo Le Pera. Dicen los versos de Nervo:

El día que me quieras tendrá más luz que junio,
la noche que me quieras será de plenilunio.
Con notas de Beethoven vibrando en cada rayo
sus inefables cosas,
y habrá juntas más rosas
que en todo el mes de mayo.
Las fuentes cristalinas
irán por las laderas
saltando cantarinas
el día que me quieras.

Y con el mismo título dice Lepera:

Acaricia mi ensueño
el suave murmullo
de tu suspirar.
Cómo ríe la vida
si tus ojos negros
me quieren mirar.
Y si es mío el amparo
de tu risa leve
que es como un cantar,
ella aquieta mi herida,
todo todo se olvida.

El día que me quieras
la rosa que engalana
se vestirá de fiesta
con su mejor color.
Y al viento las campanas
dirán que ya eres mía,
y locas las fontanas
se contarán su amor.

La noche que me quieras
desde el azul del cielo,
las estrellas celosas
nos mirarán pasar.
Y un rayo misterioso
hará nido en tu pelo,
luciérnaga curiosa que verás
que eres mi consuelo.

El día que me quieras
no habrá más que armonía.
Será clara la aurora
y alegre el manantial.
Traerá quieta la brisa
rumor de melodía.
Y nos darán las fuentes
su canto de cristal.

El día que me quieras
endulzarán sus cuerdas
el pájaro cantor.
Florecerá la vida,
no existirá el dolor.

La noche que me quieras
desde el azul del cielo,
las estrellas celosas
nos mirarán pasar.
Y un rayo misterioso
hará nido en tu pelo.
Luciérnaga curiosa que verás
que eres mi consuelo.

Es esta la letra completa cantada por Carlos Gardel en la grabación original realizada el 19 de marzo de 1935, con el acompañamiento de su orquesta.
Fue utilizada en la película que él mismo protagonizó, también titulada «El día que me quieras».
Y como parodiando la letra de unos de sus mejores tangos:

Si arrastré por este mundo
la vergüenza de haber sido
y el dolor de ya no ser,
bajo el ala del sombrero
cuántas veces embozada
una lagrima asomada
yo no pude contener.

La muerte sorprendió a Le Pera cuando trataba de seguir volando hacia la inmortalidad, junto a Gardel, el mito, que sigue vivo en la mente y en las canciones de cientos de miles de seguidores y su existencia sigue marcada por las melodías que hablan del amor, el engaño, la esperanza y la ilusión.
Como quienes quieren irse a cantar al cielo, junto a Gardel y Le Pera, también murieron, para seguirlos acompañando, los guitarristas Guillermo Desiderio Barbieri y Ángel Domingo Riverol.
Letrista, guionista cinematográfico y dramaturgo.
Le Pera no era un letrista profesional, y su trabajo consistía en escribir un español básico que pudiera ser entendido por igual en todos los lugares en que se hablara este idioma.
A partir de «Espérame» en 1932 fue el autor de todas las películas que protagonizó Gardel, y también de los temas cantados en ellas. Le dio una mejor imagen internacional a Gardel, borró de las letras el lenguaje popular utilizado en los tangos de la época, respetando su esencia y quizás ese sea su gran logro.

Por una cabeza de un noble potrillo
que justo en la raya afloja al llegar
y que al regresar parece decir:
No olvides, hermano,
vos sabés que no hay que jugar...

Por una cabeza, metejón de un día,
de aquella coqueta y risueña mujer
que al jurar sonriendo, el amor que está mintiendo,
quema en una hoguera todo mi querer.

En este tema Le Pera mezcla dos pasiones. Las carreras de caballos y la mujer.

Por una cabeza
todas las locuras,
su boca que besa
borra la tristeza,
calma la amargura.

Por una cabeza
si ella me olvida
qué importa perderme,
mil veces la vida
para qué vivir...

Las pasiones son justamente la inclinación, preferencia o deseo muy ávidos por algo, pero también es el padecimiento, el sufrimiento.
Generalmente se la escribe con mayúscula, ya que es la representación de Cristo en la cruz.

Cuántos desengaños, por una cabeza,
yo juré mil veces, no vuelvo a insistir,
pero si un mirar me hiere al pasar,
su boca de fuego, otra vez, quiero besar.

Basta de carreras, se acabó la timba,
un final reñido yo no vuelvo a ver,
pero si algún pingo llega a ser fija el domingo,
yo me juego entero, qué le voy a hacer.

También vale la pena tener en cuenta la poética de Lepera. Dice en Soledad.

Yo no quiero que nadie a mí me diga
que de tu dulce vida
tú ya me has arrancado.

Mi corazón una mentira pide
para esperar tu imposible llamado.

Yo no quiero que nadie se imagine
cómo es de amarga y honda mi eterna soledad.

En mi larga noche el minutero muele
la pesadilla de su lento tic tac.

En la doliente sombra de mi cuarto al esperar
sus pasos que quizá no volverán,
a veces me parece que ellos detienen su andar
sin atreverse luego a entrar.

Pero no hay nadie y ella no viene,
es un fantasma que crea mi ilusion
y que al desvanecerse va dejando su visión
cenizas en mi corazón.

En la plateada esfera del reloj
las horas que agonizan se niegan a pasar.
Hay un desfile de extrañas figuras
que me contemplan con burlón mirar.

Es una caravana interminable
que se hunde en el olvido con su mueca espectral.
Se va con ella tu boca que era mía.
Sólo me queda la angustia de mi mal.

Grabado en 1934 y cantado por Gardel en la película “El tango en Broadway” es un tema netamente discepoliano.
Analizar la obra de Le Pera como literato, como poeta, es ardua tarea, y por otra parte no cabe duda que es inseparable de la obra del genial Gardel.
Este es un simple rescate de un Poeta Olvidado pero presente en cada momento en que los ecos de sus canciones vibran al unísono con nuestras propias vibraciones.
Muchos vemos descorrer ante nuestros ojos, todo un pasado vivido en un tiempo en que, acaso la música o la letra de alguna composición popular de este autor, nos ubica en aquellas horas vividas en la juventud, en la adolescencia, cuando el encuentro con la primera novia, con el primer compañero de juego, con las correrías noctámbulas, con el primer vals o el tango bailado apretando el talle de la piba que nos quitaba el sueño.
Y en este mundo perturbado que vivimos, siempre esperanzados de horas mejores que nos redima de todo lo perdido en la confianza del ayer, cuando la amistad, el amor y la bohemia no necesitaban de cálculos previos para darse de corazón, bienvenido, bienvenido... el rescate del olvido.
El rescate de un poeta olvidado, Alfredo Le Pera, hermanado en el arte y en la muerte con Carlos Gardel.

Osvaldo Vergara Bertiche
Rosario, Argentina
Quedan reservados todos los derechos.

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HOMERO MANZI, REBELDE DE SUR VESTIDO

Homero Nicolás Manzione Prestera, nació el 1° de Noviembre de 1907 en un pueblito de la Provincia de Santiago del Estero, llamado Añatuya, pueblo característico de nuestro país del interior, «callado y desvalido, mísero villorrio sin ladrillos, sin médicos, sin Registro Civil...».
Cuando ya era conocido como Homero Manzi, y recordando su lugar natal decía que «no era Añatuya»; era para él; lo que implica el cariño por el terruño; simple y cariñosamente... «Aña... mía».
Fue el sexto de los ocho hijos del matrimonio formado por Luis Manzione y Ángela Prestera. Madre uruguaya, padre argentino... como el tango mismo.
Vivió en esa provincia hasta cumplir nueve años y luego fue enviado a Buenos Aires bajo la tutela de su hermano Luis.
Ahí el descubrimiento de Boedo: «todavía un arrabal de ese Buenos Aires, donde no faltaban tambos ni baldíos, donde señoreaba algún ombú, y las mitológicas herrerías ya inmortalizadas en el inconsciente colectivo... la esquina del herrero / barro y pampa».
«Se metió con su espíritu poblado de versos en ese barrio mistongo, que se derramaba en cafetines, lustrabotas y mendigos con calles amenazadas por la inundación».
La influencia que ejerce su hermano Luis, lo llevó a dedicarse a la literatura. Ya demostraba grandes dotes de escritor. Su acercamiento con el padre de su amigo Cátulo Castillo (José González Castillo) lo llevó a comprender los sentimientos del suburbio.
A los catorce años interviene en los teatros del barrio inducido por la publicación de la revista Billiken; además había escrito los versos del vals «Por qué no me besas», con música de Francisco Caso.
«Atorranteó atardeceres con Cátulo Castillo y Julián Centeya, y allí enfrentó el dilema con que lo desafiaba el país semicolonial: buscar como tantos la gloria oficial, el buen pasar, la fama que difunden los medios de comunicación en poder de la clase dominante o jugarse entero por su verdad, a la intemperie, corriendo el riesgo del silenciamiento, de la discriminación, en fin, recibir la maldición del sistema», y a los 17 años comienza a interesarse en la política, abriendo un ateneo de la Unión Cívica Radical.
A los 19 años ingresa a la Facultad de Derecho. Como docente dicta las cátedras de Castellano e Historia en los colegios Domingo F. Sarmiento y Mariano Moreno.
Homero Nicolás Manzione Prestera no dudó. Se jugó en la resistencia yrigoyenista contra la dictadura del General Uriburu y contra el gobierno usurpador del General Justo. «Conspiró, fabricó bombas caseras, conoció el infierno de la cárcel, soportando la incomunicación total en la Penitenciaría Nacional de la Avenida Las Heras». Su casa de la calle Garay y Danel se convirtió en centro clandestino de lucha popular y desde allí con sus amigos desarrolló, no sólo la pelea contra el conservadorismo vacuno sino también contra la claudicación de la dirección alvearista del partido Radical.
Junto a Arturo Jauretche, Raúl Dellepiane, Juan Luis Alvarado, Jorge del Río, Juan Molás Terán, Gabriel del Mazo y Oscar Correa, acompañados por Raúl Scalabrini Ortíz, que no era afiliado radical pero que asocia a esta patriada, fundan F.O.R.J.A. (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), el 29 de junio de 1935.
Éste fue un movimiento ideológico surgido, justamente, de la crisis de la Unión Cívica Radical. Crisis que se acelera a raíz de la muerte de Hipólito Yrigoyen. Sin dudas, un intento de recuperar el partido al servicio de las ideas que el Caudillo había puesto en marcha en su larga carrera política.
La acción de F.O.R.J.A. se desarrolla hasta la declaración de Octubre de 1945, en la que la mayoría de sus miembros se incorporan al nuevo movimiento revolucionario nacional conducido por Juan Domingo Perón.
Juan José Hernández Arregui señala que “los rasgos tipificadores del movimiento son los siguientes:
* Un retorno a la doctrina nacionalista, aunque vacilante de Yrigoyen, filiada en el orden de las conexiones históricas, a las antiguas tradiciones federalistas del país, anteriores a 1852.
* Retoma en su contenido originario, los postulados ideológicos de la Reforma Universitaria de 1918.
* Su pensamiento no muestra influencias europeas. Es enteramente argentino por su enraizamiento con el doctrinarismo de Yrigoyen, es hispanoamericano bajo la influencia de Manuel Ugarte y Raúl Haya de la Torre y el aprismo”.
En su posición antiimperialista, F.O.R.J.A. enfrenta tanto a Gran Bretaña como a Estado Unidos en un doble enfoque nacional y latinoamericano.
La voz de Manzione se levantó en la tribuna esquinera, erguido sobre cajoncitos de cerveza, apostrofando las entregas y latrocinios de la Década Infame.
«Nos dicen - sostuvo Manzione - que hay una cosa intocable entre los distintos eslabones de la economía: el gran capital, especialmente cuando se trata de accionistas extranjeros, y por eso es necesario crear la mentalidad opuesta, la mentalidad nacional, que frente a ese argumento diga sencillamente esto ¡qué se vayan a la puta que los parió esos accionistas!»
Una y otra vez, desde F.O.R.J.A., denunció el sometimiento del gobierno al imperialismo británico, la complicidad de Alvear con los hombres del régimen, la expoliación que sufría el país, especialmente las provincias como la suya, porque - decía Homero - «Santiago del Estero no es un provincia pobre, sino una provincia empobrecida».
Una y otra vez reclamó mejores salarios, respeto a los derechos populares, en fin, como reclamaba F.O.R.J.A.: «las cuatro P: Patria, Pan y Poder al Pueblo».
El sistema lo silencia; lo condena como a «Jauretche y Scalabrini Ortíz al sótano de la calle Lavalle al 1700 donde tenía su sede F.O.R.J.A.».
Expulsado de la Facultad de Derecho, exonerado como Profesor de Literatura, silenciado como poeta, discriminado en el radicalismo por rebelde y antiimperialista, Homero Nicolás Manzione Prestera fue convertido en «maldito», pero el poeta que había dentro de él «le jugó una mala pasada al sistema».
“Mucho de mi yrigoyenismo se lo debo a Homero Manzi, que tenía 20 años por esos días. Él me dio una de las explicaciones más orgánicas y tal vez más poéticas del caudillo y de lo que significó”, contaría Jauretche tiempo después.
«Si por sus ideas le cerraban el camino a ser hombre de letras, él se dedicó a hacer letras para los hombres, y se transformó de Homero Nicolás Manzione en HOMERO MANZI».
«Homero se nos fue al mundo de la noche» señaló Jauretche, y allí no pudieron con él.
Sus versos recrearon los barrios de tango con «el farol balanceando en la barrera y el codillo llenando el almacén»; pintaron los arrabales en tiempo de milonga (con música de Félix Lipesker): «Arrabales porteños / de casitas rosadas / donde acuna los sueños / el rasguear de las guitarras. Donde asoma la higuera / sobre las tapias, / adornando los muros / con sus fantasmas. Sombra, / telón azul del suburbio / donde se juega el disturbio /cuando un amor se envenena / y al dolor de la traición, / se hace rencor, / rencor y pena. Sombra, / donde los labios se juran / mientras la noche murmura / con su voz de bandoneón. Arrabales porteños, / en tus patios abiertos / las estrellas se asoman / y te bañan de silencio. Y la luna amarilla / siembra misterios / caminando en puntillas / sobre tus techos».
Su poesía se nutrió de los compadres de los cafetines, de las muchachas en las ventanas. Sus versos acunaron a la «negra María», consolaron a la mulata abandonada, convocaron al «Papá Baltazar» de los chicos pobres y también a «Malena» con su «voz de sombra» en el paisaje indeleble de un «Sur, paredón y después», con las «chatas entrando al corralón» y chapaleando barro bajo «el cielo de Pompeya», con gorriones y fabriqueras, con el eco de un bandoneón... «mariposa de alas negras», brotando del último organito de una ciudad entristecida.
Así, el Manzi poeta violó la censura que le impuso la oligarquía pro-británica; se escabulló por el camino abierto del cancionero popular.
El otro, el Homero Nicolás Manzione Prestera, condenado al olvido, al que no se lo menciona en ninguna historia política «oficial», permaneció «maldito». Manzione y Manzi, cualquiera de los dos o los dos juntos, llevaron por siempre en alto la bandera del pensamiento nacional, el amor al Pueblo, el sueño de la grandeza de la Patria....
Ese Homero Nicolás Manzione Prestera, declaró como Homero Manzi, en 1947: «Nosotros no somos ni oficialistas ni opositores: somos revolucionarios».
Don Arturo Jauretche, el que «avivaba zonzos», implacable crítico de la colonización intelectual decía “Nada grande se puede hacer con la tristeza. El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza”. Y Manzi encarna ese pensamiento.
Porque Manzi encarna, justamente, más que ningún otro, la presencia de la poesía en la letra del tango. Fue un poeta que no publicó ningún libro de poesías. El medio de su poética fue siempre la canción, desde los motivos camperos hasta la música urbana, en la que alcanzó su mayor realización. De esa manera gozó de inmensa popularidad, sin renunciar nunca a sus convicciones de poeta. Apeló a la metáfora, incluso surrealista, pero no avanzó demasiado por ese camino, camino que quizás hubiera dificultado la comprensión de su mensaje por el hombre común.
Utilizó muy poco el lunfardo para expresarse, pese al compromiso popular de su obra literaria. A diferencia de otros grandes autores, sus letras no ofrecen directas crónicas de la realidad social ni imparten consignas morales contundentes, pero mantienen una coherencia plena de sentimiento y racionalidad.
El amor profundo por su madre como el rescate permanente del pasado, que se refleja en su obra, le hacen decir en un vals con música de Antonio Sureda: «Hoy vuelves del recuerdo, madre mía, / envuelta en la penumbra del pasado, / trayendo la nostalgia de los días / que en horas de placer hube olvidado. / Y al ver que fue tu amor, tu amor perdido / el único cariño sin engaño, / te llora más el corazón vencido / y busca en el olvido / tu palabra de perdón. / En el silencio triste / de mi fracaso, / resuenan tus canciones, / rondan tus pasos. Y siento que retornas / pálida y buena, / para borrar las penas / de mi soledad. / Y en el milagro extraño / de ser tu niño, / revivo la presencia / de tu cariño. / Perfume de tu pelo, / luz de tus ojos, / calor de tu consuelo, / rumor de tu voz. / Vendrás, siempre, vendrás, / a consolar mi mal / cuando mi cerrazón busque luz, / cuando mi corazón te nombre más. / Y sé que volverás / la mano en bendición, / trayendo tu perdón / en un beso de paz».
Otra vertiente particular en la obra de Manzi fue su mime-tización con la fiebre romántica que contrajo el tango en los años ’40, tendencia a la que legó piezas de extraordinario valor, como “ Torrente”, “Después” o “Ninguna”.
En «Abandono»; tango con música de Pedro Maffia; el ayer, el recuerdo, la ausencia, la pena, el remordimiento y el dolor se amalgaman para «oír que te nombran las voces muertas del ayer feliz».

«Llega el viento del recuerdo aquel / al rincón de mi abandono
y entre el polvo muerto del ayer / también volvió tu querer.
Yo no sé si vivirás feliz / o si el mundo te ha vencido
viviendo sin querer vivir / buscás la paz de morir.

Duda de tu ausencia y de mi culpa / pena de tener que recordar
sueño del pasado que me acusa / manos que no quieren perdonar,
dolor amigo de estar con tu sombra /
remordimiento de saberte buena /
dolor lejano de oír que te nombran /
las voces muertas que se obstinan en volver.

Ya no sueño que retornarás / al fracaso de mi vida
ni tampoco que en tu palpitar / tendré un afán para andar.
Sólo quiero que si estás también / en la cruz del abandono
sepas olvidarme en su perdón... / total, mirá lo que soy.

Pena de tu ausencia sin retorno / pena de saber que no vendrás,
pena de escuchar en mi abandono / voces que me acusan al llegar.
Dolor amigo de estar con tu sombra /
remordimiento de saberte buena
dolor lejano de oír que te nombran /
Las voces muertas del ayer feliz».

«Sur», su tango, de 1948, con música de Anibal Troilo, probablemente sea la obra suprema del género de aquella esplendorosa década y resume el sentido más profundo de su obra.
«Malena», «El pescante», «Milonga triste», «Che bandoneón», «Solamente ella», «Mañana Zarpa un Barco» y «Tal vez será mi alcohol» (que la censura obligaría a convertir en «Tal vez será su voz»), entre otros tantos temas, quedaron como irrefutables testimonios de su alta inspiración.
Todos los investigadores coinciden en que Manzi, renovó la letra del tango, reemplazando en sus temas los amores tumultuosos y dramáticos por la cotidianeidad de los barrios: «Si no entendés, / escuchá lo que te digo, que los barrios son testigos / de que cuento la verdad».
En 1926, Roberto Fugazot le cantó «Viejo ciego», un bello poema de corte a lo Carriego al que le pusieron música Cátulo Castillo (en la primera parte) y Sebastián Piana (la segunda). Desde entonces con este último músico comenzó una larga y exitosa etapa de colaboración de la que surgieron inicialmente el tango «El pescante» (1934) y una serie de milongas arrabaleras, candomberas y federales, además de bellísimos valses como «Esquinas porteñas» y «Caserón de tejas».
Los músicos más famosos llevaron luego los versos de Manzi al pentagrama: Aníbal Troilo («Barrio de tango», «Sur»), Lucio Demare («Mañana zarpa un barco», «Malena»), Hugo Gutiérrez («Después», «Fruta amarga»), José Dames («Fuimos»), Charlo («Oro y plata»), Alfredo Malerba («Mi taza de café», «Ropa blanca»), Francisco Pracánico («Monte criollo»), Mariano Mores («Una lágrima tuya»), Raúl Fernández Siro («Ninguna»).
Manzi construye un poema de imágenes enormemente audaces para canciones populares: «Desazón de llorar lo que fue y mirar lo que llegó sin poderlo comprender», («Así es el tango», con música de Edgardo Donato), «Fui como una lluvia de cenizas y fatigas / en las horas resignadas de tu vida...», de hecho éste último, «Fuimos”, cautivó al público y a los intérpretes, quedando instalado como un paradigma del tango elaborado y estéticamente ambicioso.
Él mismo declararía sobre su aporte a la música popular por: “haber renovado la milonga, haber creado una milonga suburbana, de la ciudad, diferente de la campera”.
Dentro de este género musical, la producción de Manzi se resume en los siguientes títulos: Arrabal, Betinotti, Campo afuera, Carnavalera, Luna, Mariana, Matungo, Milonga de los fortines, Milonga de Puente Alsina, Milonga del novecientos, Milonga sentimental, Milonga triste, Negra María, Oro y plata, Papá Baltasar, Pena mulata, Recordando y Ropa blanca
Cuando junto a Sebastián Piana dan a luz “Milonga del novecientos”... “Varón, pa’ quererte mucho / varón, pa’ desearte el bien / varón, pa’ olvidar agravios / porque ya te perdoné...” éste, al mismo tiempo, lo convoca para escribir las canciones de la película «Sombras porteñas» (1936). Manzi comienza, entonces, a vincularse con la industria cinematográfica argentina, justamente cuando ésta daba sus primeros pasos.
En ciertos círculos de pretendido refinamiento intelectual hablar de Homero Manzi no tiene la misma acogida que suele brindarse en aquellos otros lugares de apasionados por el tango, por el buen tango, y por la consustanciación con el sentimiento nacional de Nación.
Es que la existencia de Homero Manzi obliga en parte a una identificación con una personalidad que abarcó desde diversos ángulos un compromiso con las causas populares, sus emociones y sus luchas
Es posible percibir en los versos de Manzi una nostalgia por lo abandonado, tal vez provocada por la soledad en la que se caía por lo dejado atrás o, por lo que frecuentemente sucedía cuando se intentaba salir de la miseria: los «fracasos de seda» frase utilizada en el tango «Ronda de ases».

«Percal y horario, ropa y costura, / gorrión cansado, jaula y miseria,
pena de agosto, tardes sin sol, / alas que vuelan, carta de adiós, luto de otoño, pan de
amargura, / luces del centro, trajes de seda,
flores, recuerdos, mármol, dolor, / fama y prontuario, plata y amor».

Vemos que en Manzi existe un tácito enfoque sobre los valores inherentes a los sectores populares.
Es significativo ver como puede reconstruir la vida de éstos sólo a partir de las palabras. Podríamos decir que en diferentes tangos estos términos están puestos en reemplazo de cualquier tipo de especificación acerca de lo que se está hablando: el «destino de percal», frase usada en el tango «Che, Bandoneón», se puede interpretar como el destino, justamente, del trabajador humilde, sacrificado, humillado... explotado.
Las condiciones socioeconómicas imponían la miseria a aquel que estaba atrapado en la explotación, de la que muchos intentarán escapar, siguiendo caminos que no eran los propios. Así, el trabajo era abandonado para buscar las grandezas y el placer que el cabaret prometía. Podríamos pensar que había quienes pretendían asimilar el tipo de vida que llevaban los sectores hegemónicos.
Si bien como poeta puso su pluma al servicio del tango, que deja cantar sus textos, Manzi interpreta fundamentalmente a la ciudad a través de sus barrios y su gente, sufriendo por esta razón, entre tantas otras, el desprecio de cierta crítica corta de vista.
Su busto, como simbología de agradecimiento, se levanta en la principal avenida de su Añatuya natal y nomina una calle de Santiago del Estero, más allá del tango, por ser referente de los valores culturales santiagueños.
Y es evidente que para adentrarse en la vida y obra de Manzi se necesita de una sintonía espiritual, la compenetración entre este epopéyico personaje y quienes le admiramos. Existe un verdadero gozo espiritual y plenas coincidencias ideológicas con Manzi y no nos arrepentimos de ello, más bien nos sentimos gratificados por encontrar en él, entre su cautivante prosa y su militancia, un paradigma de claro pensar y proceder.
Manzi fue siempre una constancia temática «engrandeciendo espacios que eran hasta entonces considerados con desdén por vastos sectores intelectuales de la Argentina».
Es que había decidido «hacer letras para los hombres» sobreponiéndose a una poesía descarnada, metafóricamente adornada con polichinelas y princesas de ajenas latitudes. Sus temas en cambio fueron la permanente «nostalgia por lo irrecuperable, aunque carente de melancolía: la simple persecución del recuerdo, una lucha a brazo partido de la memoria contra las destrucciones del tiempo». Y este cantar, con el latido de su pueblo, sensible a todas las emociones, sin ser sensiblero ni ramplón, se mantuvo desde siempre y por siempre.
Desde su aproximación al martinfierrismo y en la colaboración fundacional con la revista «Criterio», aporta todos sus conocimientos literarios, su brillante prosa y su magistral poética.
Manzi pudo salvar todos los escollos: «superó a Carriego porque tenía una sólida formación cultural que le permitió crear imágenes de alta sustancia y originalidad ciertamente emparentadas con García Lorca o Guillén; no desvirtuó su autenticidad como Borges y no se adscribió a las polémicas elitistas porque su yrigoyenismo nacionalizó su intelecto» quitándole las anteojeras importadas que desviaron la sinceridad poética de algunos otros de su tiempo, todo ello en su popularizada función de letrista y en su labor literaria o cinematográfica.
En esa trayectoria nunca estuvo ausente la figura de Jauretche, «pensador despatarrado, socarrón, antiacadémico, pero capaz de pensar el país con originalidad», el cual vivió en hermandad con Manzi.
Homero Manzi, luchó siempre con entusiasmo y tozudez por la consolidación de una cultura nacional de raigambre latinoamericana. Merecen recordarse en este sentido fragmentos de reflexiones expuestas en dos ocasiones, la primera hacia 1940, cuando presentó en Buenos Aires, un espectáculo musical a cargo de Andrés Chazarreta y donde Manzi, santiagueño como el músico, vibró hondamente reivindicando nuestro arte popular.
«El folklore argentino - dijo - es un tesoro desparramado por los campos, despreciado por las clases cultas del litoral, pero acunado con amoroso acento por las gentes humildes de la campaña. Mientras Buenos Aires, abriendo cada día más su puerta a la entrada del alma ajena, desoía las voces de la tierra, mientras la pericia de la ciencia oficial creaba un gusto extranjero y arbitrario, mientras los puertos recogían las voces confusas que llegaban de ultramar, pocos eran los espíritus que en lo musical, pegaban el oído a la tierra con reconcentrada actitud de rastreadores.
La música de la ciudad estaba trazada sobre el pentagrama oscuro de las pasiones humanas. En cambio, la música de nuestro campo estaba conformada sobre la naturaleza. Con excepción de la vidala, canción cuya universalidad habrá de consumarse un día, todas las expresiones musicales del folklore norteño trasuntan las formas del paisaje y animan sus movimientos en la fuerza de la naturaleza. La música del campo es objetiva, la de la ciudad subjetiva.
En la ciudad, los bandoneones lloran a cuenta de la pena del hombre. En el campo, las arpas y violines rústicos hablan con la voz del viento, trinan con los pájaros y mueven sus ritmos con el rudo compás de las bestias en galope o con la hamacada euritmia de los pastos castigados en el vaivén de los vientos.
El santiagueño ama en primera instancia a su tierra, tiene una patria chica para ubicar su corazón. Conoce su cielo, abierto y celeste durante el día cuando apenas lo transitan el sol y las majaditas de nubes blancas, oscuro y profundo en la noche, cuando los tachonan los tucu-tucu inmóviles de las estrellas.
Conoce sus ríos madres que traen el pan en las entrañas, conoce sus montes, intrincados, misteriosos, aguerridos, conoce la tremenda ansiedad de sus sequías, ejemplo bíblico que le afirma la sobriedad y conoce el terror de sus tormentas calientes, cuando braman los huracanes del sur y del norte cargando, sobre los lomos enfurecidos, nubes negras que desparraman la bendición del agua, por eso la voz del folclore santiagueño tiene la sinceridad del testimonio cultivado en largo trance de amor.
Buenos Aires vive sorda a la belleza que destila este polo mediterráneo en la silenciosa colmena de su vida espiritual. La gran ciudad del plata, enceguecida de orgullo por las caricias de la gloria material, no sabe que lejos de ella, hay argentinos que aparentan las majadas de la leyenda».
Manzi está convencido del triunfo de la cultura nacional sobre la colonización cultural, y agrega: «Las canciones de la tierra volverán a nutrirnos de savia auténtica y en la voz de las vidalas reconoceremos el arrullo de la urpila, despenadora impenitente de las tardes, cuando se abren en colores pálidos las flores del cardón y reconoceremos en cada danza, en cada ritmo, un pedacito del paisaje agreste donde ponen adornos los algarrobos, donde adelantan cuchillos de espinas los vinales, donde corren y revientan los ríos para secarse luego, donde cantan las hachas mordiendo las carnes duras del quebracho, donde pastan las majadas, donde se clavan las puntas del arado, donde galopan los caballitos criollos, donde ladran perros inverosímiles, donde se sufre, se trabaja, se ama, se baila y se canta».
La segunda reflexión, la hace después, el 6 de mayo de 1948, ratificando, en una hermosa página, esa concepción de la cultura: «lo popular».
Dice Manzi: «Alguna vez, alguien que sea dueño de fuerzas geniales, tendrá que realizar el ensayo de la influencia de lo popular en el destino de nuestra América, para recién entonces poder tener nosotros la noción admirativa de lo que somos.
Esta pobre América que tenía su cultura y que estaba realizando, tal vez en dorado fracaso, su propia historia y a la que de pronto iluminados almirantes, reyes ecuménicos, sabios cardenales, duros guerreros y empecinados catequistas, ordenaron: ¡Cambia tu piel! ¡Viste esa ropa! ¡Ama a este Dios! ¡Danza esta música! ¡Vive esta historia!.
Nuestra pobre América que comenzó a correr en una pista desconocida, detrás de metas ajenas y cargando quince siglos de desventaja, nuestra pobre América que comenzó a tallar el cuerpo de Cristo cuando ya miles y miles de manos afiebradas por el arte y por la fe, habían perfeccionado la tarea en experiencias luminosas, nuestra pobre América que comenzó a rezar cuando ya eran prehistoria los viejos testamentos, y cuando los evangelios habían escrito su mensaje, cuando Homero había enhebrado su largo rosario de versos y cuando el Dante había cumplido su divino viaje.
Nuestra pobre América que comenzó su nueva industria, cuando los toneles de Europa estaban traspasados de olorosos y antiguos alcoholes, cuando los telares estaban consagrados por las tramas sutiles y asombrosas, cuando la orfebrería podría enorgullecer su pasado con nombres de excepción, cuando verdaderos magos, seleccionando maderas con cavidades y barnices, sabían armar instrumentos de maravillosa sonoridad, cuando la historia estaba llena de guerreros, el alma llena de místicos, el pensamiento lleno de filósofos, la belleza llena de artistas y la ciencia llena de sabios.
Nuestra pobre América, a la que parecía no corresponderle otro destino que el de la imitación. Todo estaba bien hecho, todo estaba insuperablemente terminado ¿para qué nuestra música? ¿para qué nuestros dioses? ¿para qué nuestras telas? ¿para qué nuestra ciencia? ¿para qué nuestro vino?. Todo lo que cruzaba el mar, era mejor, y cuando no teníamos salvación apareció lo popular para salvarnos, creación de pueblo, tenacidad de pueblo.
Lo popular no comparó lo malo con lo bueno, hacía lo malo y cuando lo hacía creaba el gusto necesario para no rechazar su propia factura y ciegamente, inconscientemente, estoicamente, prestó su aceptación a lo que surgía de sí mismo y su repudio heroico a lo que venía desde lejos. Mientras tanto, lo antipopular, es decir, lo oculto, es decir lo perfecto, rechazando todo lo propio y aceptando todo lo ajeno, trababa esa esperanza de ser que es el destino triunfador de América.
Por eso yo, ante ese drama de ser hombre del mundo, de ser hombre de América, de ser hombre Argentino, me he impuesto a la tarea de amar todo lo que nace del pueblo, de amar todo lo que llega al pueblo, de amar todo lo que escucha el pueblo».
Obrando en consecuencia, Homero Manzi, prologando un libro de Héctor Gagliardi, se pregunta si es un poeta, un payador o un cantor y termina confesando «pero se, eso si, que él canta y que su pueblo lo escucha». También vale la pena recordar este otro escrito de Homero Manzi titulado «Argentina, Patria del Bandoneón» y que lo redactara en colaboración con su hijo Acho.
«El Bandoneón llegó a Buenos Aires en el bagayo de un inmigrante alemán, quién jamás pudo suponer que con él traía el instrumento que andaba buscando la emoción porteña para poder desparramarse por el mundo.
Y así fue que una noche, allá por el 1900, cuando todavía los muchachos se recostaban en las paredes de las esquinas para que no se derrumbaran y se ataban el pescuezo con un pañuelo para que no se les cayera la cabeza al escupir fuerte por el colmillo, el alemancito se sentó en el patio de su conventillo, para llorar en manga de camisa, sobre las notas largas de su Bandoneón, un dramita de inmigración, de ausencia y de distancia.
Y sin quererlo, las notas litúrgicas de su fueye, desangradas en la desolación de los patios porteños, repercutieron en el corazón de las costureritas sentimentales y temblaron en los dedos ligeros de las barras, como si hubieran nacido para repicar compadronamente sobre el doble teclado de aquel lindo aparato.
Dicen que un día, Domingo Faustino Sarmiento trajo de Italia una yunta de pajaritos grises, y al poco tiempo Buenos Aires era una jaula de gorriones.
Así también un día el arrabal se pobló de bandoneones. Buenos Aires se le entregó, a condición de que primero, se le entregara el bandoneón.
Y así fue que empezó a rezongar como si llevara adentro el alma atormentada de un garavito. Y se emocionó en la noche de las cortadas, como si hubiera nacido a la luz de un farol, y compadreó en el alarde de una serpentina, como si en él chiflaran los gorjeos de las patotas. Y entonces, ya no fue más bandoneón. En el registro civil de los almacenes, lo bautizaron mandoneón, y para ser más chorro y más porteño, le acomodaron un mote de prontuario; alias... Fueye.
Y en los barrios de Buenos Aires, aparecieron las manos que habrían de estirarlo como nadie. Vicente Greco, Pacho, el ruso Antonio, Pepín, Santa Cruz, Chiape y el pibe de oro, ese pibe que a los doce años con un par de brazos que apenas podían abrazarlo, sacó al fueye sonidos secretos, dulzuras desconocidas, armonías inéditas: Pedro Maffia. Luego vendrán otros, y luego también serán superados, para nuestro bien.
El bandoneón es un alma que tomó forma de gusano a fuerza de arrastrarse detrás de un amor imposible. Cuando estaba por morirse de pena en una esquina olvidada del mundo, las caricias de las manos criollas, lo ayudaron a sufrir su congoja. Al hambre de su pena solitaria, el tango le entregó el pan de una amistad derecha y compañera. El suburbio lo emborrachó en sus copas para hacerlo olvidar. Los compadritos lo llevaron a sus fiestas para ahuyentarle los recuerdos malos.
Y Juan de Dios Filiberto, que tiene algo de fueye en su arrugada silueta, le compuso un himno de homenaje: Quejas de Bandoneón
El bandoneón es un órgano de Iglesia con alma requintada, que siguiendo la estrella rea de su destino, se escapó de una catedral disfrazado de fueye, para poder ambular por la noche de la calle Corrientes. Por eso desde que él se entreveró en el tango, las milongas adquirieron una solemnidad religiosa, y por eso cuando sus hermanos recogen los sonidos y talla solo el bandoneón, la canción de los barrios parece un misal taura. Y por eso también, Pascual Contursi, poeta de suburbios, le rezó un Padre Nuestro: Bandoneón Arrabalero.
Enrique Santos Discépolo, se ha ganado el título de inspector honorario de las emociones de Buenos Aires. Envuelto en un mínimum de materia, recorrió las calles o se sentó a tomar un café, dispuesto a requisar cuanta emoción circulara sin patente. Nervioso, flaco, afiebrado, pura nariz y talento, de pronto ha encontrado algo que buscaba; una canción, un grito, un gesto; se lo pone debajo del brazo y en su casa lo hace bailar sobre el piano, para inspirar las teclas. Es el drama que un borracho olvidó sobre una mesa o un lio que descubrió por la rendija de una persiana. Una noche oscura, al cruzar una calle del suburbio, Discépolo tropezó con el alma del bandoneón que se había escapado de la caja; entonces hizo un tango: Alma de Bandoneón.
Pedro Maffia, inició su vida en el piano. Pero aquel armatoste era demasiado grande para la honda humildad de su espíritu. Sus dedos ligeritos resbalaban inútiles sobre la dentadura del teclado. Es que Maffia, necesitaba un instrumento mas pequeño, para hacerlo llorar de emoción en el temblor de una caricia. Un instrumento que lo pudiera tener entre los brazos, para llevarlo más cerca del corazón. Tal vez por ello eligió el bandoneón. Y por ello también, cuando aún era un pibe, ya sabía pasearlo como nadie por los carcomidos tinglados de los cafés de Buenos Aires, entre el humo de la admiración. Ese instrumento se le adentró tanto en su cariño, que al ejecutarlo era como si estrujara un pedazo de su alma.
Cuando un instrumento se ha moldeado de tal forma al perfil filosófico de una ciudad, solo cabe hacerlo nuestro definitivamente, para que en sus días futuros, pase de una mano a otra, como entrando en cada casa a hacerse amigo y maestro a la vez. Las esperanzas que se derramaron en él, dieron nacimiento a más hermanos.
Quizás alguien piense que no encaja en el desequilibrio del modernismo, porque tiene cara de viejo y está vestido de negro, que es su manera de pasar desapercibido.
Si algún día sus hermanos fueran a dejar de ver nacer nuevos bandoneones de las manos de sus creadores, un día se terminará de hacer el último bandoneón. Lo demás va a ser historia, y cada uno de ellos, aferrándose a las manos de quienes lo acarician, pedirán que ésta patria que los cobijó, sepa que no puede repartirse en versos si no hay quién aprenda a darle vida en aires porteños.

Haceme dos cajas con punta en ochava,
que puestas de frente, aferren los pliegues
y encierren el aire para mi pulmón.

Que asomen mis teclas con mueca sonriente,
y que al apretarlas, un peine de bronce,
libere los flecos de mi propia voz.

Que un muchacho loco me aprenda en sus dedos
y que de sus manos nazca una emoción.
Y en mi frente negra, que se frunza el ceño
de la filigrana de un fileteador.

Que mi nacarada suerte peregrina,
sepa que las manos que mi fueye estira,
dejan por sentada mi ciudadanía,
en cada latido de mi corazón.

¡Si alguien inventó un día esa jaula de pájaros..! ¿Qué otra alma sensible podrá volver a adivinar sus secretos para envolverla en el fervor de aquel primer encuentro..?
La historia, que debería ser nuestra historia, esa a la que se ajustan las descripciones de los vencedores, es la que nació en Alemania y se escribió en Argentina antes de 1900. Y los argentinos hemos vencido sobre el destino de un instrumento sentenciado a morirse de sueño. Y porque ya llegó al tinglado de los más famosos escenarios del mundo y es escuchado con respeto, se abre ante nosotros el verdadero dilema. Lo que antes era el tesoro de un país, hoy es la búsqueda desenfrenada del resto del mundo por conseguir los mejores exponentes de lo que nos dio ese sabor sentimental.
Y los bandoneones salen gota a gota del país, sin pasaje de regreso.
Cada día son menos los que nos quedan, cada día son menos los mejores instrumentos, que tendrían que ser nuestro mejor orgullo.
Cada vez que me entero que en el exterior se vende un bandoneón traído por un tanguero que quiere hacerse de unos pesos, se arruga dentro de mi pecho este pequeño fueye que nos dejó su apariencia de juguete navideño, que se resiste a pensar que vamos entregando la ilusión que nos dejó alguno de esos tres Reyes Magos.
Se van vendiendo uno a uno, y ya quedan los imprescindibles para continuar la tradición. Que su voz no se pierda en los vientos de otros cielos. Que la ausencia de su voz no nos resulte un ausente más entre tantas presencias que damos por perdidas.
A ver, argentinos... no vendamos también el alma... ¡Este es un bien, no renovable..!»
Intentar una semblanza de Homero Manzi (Homero Nicolás Manzione Prestera) en un breve trabajo puede ser irreverente y ambicioso. Pero mucho más difícil es explicar esa fusión por la que transitó: del yrigoyenismo al peronismo. ¿Y por qué no?. Simplificando todo análisis histórico, y basándonos en una conjetura meramente emocional ¿no sentimos y vivimos que el yrigoyenismo, el peronismo, el fútbol y el tango forman parte de nuestra cultura nacional?.
Manzi perteneció a ese grupo de hombres lúcidos y claros, que reconocieron el papel protágonico de los movimientos nacionales en los países dependientes y semicoloniales, al producirse el despertar de la conciencia de los pueblos oprimidos. Vista desde el mirador de la historia política, el significado de la acción desarrollada por éste se acrecienta.
Existe diferencia con aquellos luchadores y pensadores de la liberación nacional de otras partes del mundo, ya que nuestro territorio no estaba efectivamente dominado por las armas. Éstos, los nuestros, sabían que, en el caso de la Argentina, como en el de la mayoría de los países latinoamericanos, el control se ejercía mediante otros medios y así dedicaron toda su vida y obra a dilucidar los mecanismos de colonización cultural a la que estábamos sometidos para un mejor dominio.
El crítico palestino Edward W. Said en «Cultura e Imperialismo» lo ha afirmado de este modo: “Hay algo más en el dominio imperialista que no tiene que ver con el poder de fuego, sino con ideas y actitudes”, las cuales hacen que algunos dominados acepten, incluso de buen grado, la situación de subordinación. Otros... NO!
Todo ese grupo, al que pertenecía Manzi, aplicaba una metodología para el estudio y la comprensión de la realidad nacional, un método inductivo, casuístico si se quiere, que partía directamente de los hechos y no de las teorías, fueran éstas las que fuesen.
Le debemos admiración y atención porque no se escapaban de los hechos concretos “por la tangente del sueño o de la imaginación”, como tampoco se ataban “al hecho concreto que se deja cerrar por el círculo de lo cotidiano al margen del futuro y del pasado”.
Forjar un pensamiento nacional significaba recurrir a la historia como medio de formular un nuevo proyecto político para el país. A juicio de éstos, ese pasado estaba, en su última etapa, en Yrigoyen y su época.
Representaba las tradiciones federales y populares, había defendido el derecho a la autodeterminación de los pueblos y contra las agresiones externas.
Yrigoyen representaba la posición nacional frente a las «directivas británicas que ejecutaba la oligarquía argentina» y «la presencia del pueblo en el Estado como instrumento vivo de la Nación». Perón, años después, encarnaba, justamente, la continuidad histórica de ese proceso, profundizándolo por el camino de la revolución y transitando hacia la comunidad organizada y la integración continental.
Más utópico, además de atrevido, es analizar su poesía. Podemos pensar que toda poesía fundamental es filosófica; a veces contiene una suerte de ensayo en cada verso. Podemos garabatear que ella está aun en lo que no se dice, que es una memoria que vuelve del pasado y va hacia el futuro.
Sus poemas se sienten hondo, muy hondo. Tal vez enmarcando nuestra propia historia, todos llevamos en el recuerdo o en una foto color sepia aquella «melena de novia»; todos fuimos aquel que Manzi descubre «recostado en la vidriera»... esperando; quién no contempló «las lunas suburbanas»; quién no caminó «sin querellas» tomado de la mano de algún amor.
Homero Manzi era dueño de un gran talento y no lo administró en pequeñas dosis. Se dio entero.
Le quedó tiempo para ejercer la presidencia de SADAIC, tener un hijo, volcó «hasta la última arruga del cerebro con la generosidad de quien sabe que hay mucho más en la moviola». Dejó de yapa poemas inéditos, proyectó libros para películas que no alcanzó a realizar con temáticas dispares: Rubén Darío, Jorge Newbery, Antártida.
Sus obra marca guarismos sobresalientes y enciende las luces de la ciudad donde inmortalizó en una esquina todas las esquinas.
Autor de 52 Tangos: Abandono, Así es el tango, Barrio de tango, Canto de ausencia, ¡Che bandoneón!, Cornetín, Dale dale, De ayer a hoy, De barro, Desagravio, Después, Discepolín, Dónde irás ilusión, El pescante, El último organito, Eufemio Pizarro, Fruta amarga, Fueye, Fuimos, Gato, Hermana, Horizontes, La mariposa y la flor, Malena, Mañana zarpa un barco, Manoblanca, Mi taza de café, Monedas de poeta, Monte criollo, Muchacho de cafetín, Ninguna, No te engañes, Nobleza de arrabal, Noches provincianas, Pajarito, Pianito de juguete, Por qué, Ramayón, Recién, Ronda de ases, Sosteniendo recuerdos, Sur, Tal vez será mi alcohol (Tal vez será su voz), Tango, Tango de antes, Tapera, Te lloran mis ojos, Torrente, Triste paica, Una lágrima tuya, Veinticuatro de agosto y Viejo ciego.
De 18 milongas; de 2 candombes: Calún Gangué y Juan Manuel; de 13 valses: A su memoria, Desde el alma, Esquinas porteñas, Gota de lluvia, Llorarás llorarás, Lluvia, Más allá, Paisaje, Romance de barrio, Romántica, Serenata gaucha, Tu pálida voz y Valsecito de antes; de una marcha: Se va la murga; de un aire de bailecito: De mi casa a tu casa y de 3 canciones: Duerme, Pampa Luna y Pluma de nido.
Homero Manzi realizó películas, teatro y comedias musicales.
Con HUGO MAC DOUGALL: 1937: «Nobleza Gaucha». Versión sonora de la película muda del mismo nombre. Intérpretes: Olinda Bozán, Agustín Irusta, Marcelo Ruggero, Venturita López Pfriz y otros. Canciones de Sebastián Piana y Homero Manzi. .
1940: «Huella». Según fragmento de «Facundo» de Domingo F. Sarmiento. Intérpretes: Enrique Muiño, Fernando Ochoa, Malisa Zini, Daniel Belluscio, Emilio Gola, Ada Carnaro, José Otal, Orestes Caviglia y otros.
1940: «Confesión». Inspirado en el tango «Confesión» de Discépolo y Amadori. Intérpretes: Hugo del Carril, Alberto Vila, Alita Román, Miguel Gómez Bao, Ana María Lynch y otros.
Con ULISES PETIT DE MURAT: 1940: «Con el dedo en el gatillo». Intérpretes: Sebastián Chiola, Alita Román, Pedro Maratea, Nury Montsé, Oscar Valicelli, José Otal, Cayetano Biondo, Ernesto Villegas y otros.
1941: «Fortín Alto». Intérpretes: Agustín Irusta, Ignacio Corsini, Niní Gambier, Juan Sarcione, José Otal y José Ruzzo. Con canciones de Homero Manzi y Sebastián Piana.
1942: «La guerra gaucha». Basada en la novela de Leopoldo Lugones. Intérpretes: Enrique Muiño, Francisco Petrone, Ángel Magaña, Sebastián Chiola, Amelia Bence, Ricardo Galache, Dorita Ferreiro, Elvira Quiroga, Juan Pérez Bilbao y René Mugica.
1942: «El camino de las llamas». Sobre libro homónimo de Hugo Wast. Intérpretes: Pepita Serrador, Elisa Galvé, Roberto Airaldi, José Olarra, Froilán Varela, Vicente Padula, Rafael Falcón, Pepito Petray, María Herrero, Jorge Villoldo y César Blasco. Producción y distribución: Argentina & Sono Film.
1942: «El viejo Hucha». Según obra de Darthés y Damel. Incluye el estreno del tango «Malena». Intérpretes: Enrique Muiño, Francisco Petrone, Nury Montsé, llde Pirovano, Roberto Airaldi, Osvaldo Miranda, Haydeé Larroca, Roberto Salinas y Gogó Andreu.
1943: «Todo un hombre». Sobre la novela de Miguel de Unamuno «Nada menos que todo un Hombre». Intérpretes: Francisco Petrone, Amelia Bence, Nicolás Freoues, Florindo Ferrario, Guillermo Battaglia, Ana Arneodo, Thilda Thamar y Renée Sutil.
1944: «Su mejor alumno». Sobre «Vida de Dominguito» de Domingo F. Sarmiento. Intérpretes: Enrique Muiño, Ángel Magaña, Orestes Caviglia, Norma Castillo, Guillermo Battaglia, María Esther Buschiazzo, Hugo Pimentel, Alberto de Mendoza y Judith Sulián.
1945: «Pampa bárbara». Intérpretes: Francisco Petrone, Luisa Vehil, Domingo Sapelli, Froilán Varela, María Esther Gamas, Judith Sulián, Roberto Fugazot, Margarita Corona, Juan Bono, María Concepción César, Pablo Cumo, Luis Otero, Jorge Molina Salas y Tito Alonso.
1946: «Rosa de América». Vida de Santa Rosa de Lima. Intérpretes: Delia Garcés, Orestes Caviglia, Antonia Herrero, Ernesto Vilches, Elsa O’Connor, Enrique Álvarez Diosdado, Josefina Díaz, Angelina Pagano, Aída Alberti y Domingo Sapelli.
1946: «Donde mueren las palabras». Intérpretes: Enrique Muiño, Darío Garzay, Héctor Méndez, Italo Bertini, Aurelia Ferrer, María Ruanova, René Mujica, Pablo Cumo, Linda Lorena, María Hurtado y «Los Piccoli de Podrecca», el Ballet del Teatro Colón, con María Ruanova y la dirección orquestal de Juan José Castro con la Orquesta Sinfónica del Teatro Colón de Buenos Aires.
1947: «Nunca te diré adiós». Intérpretes: Zully Moreno, Ángel Magaña, Orestes Caviglia, Malisa Zini, Ricardo Galache, Margarita Corona, José Ruzzo, Alba Mugica, Pascual Nacaratti, Julia Sandoval, René Mugica, Ricardo Duegan, y Jeanette Morell.
Con LUIS SASLAVSKY: 1942: «Ceniza al viento». Sobre una obra de Alejandro Casona, Homero Manzi, André Birabeau, Leo Perutz, Hugo Mac Douglat y George Feydeaux. Intérpretes: Berta Singerman, Pedro López Lagar, María Duval, José Squinquel, Alita Román, Santiago Arrieta, Luis Arata, Ernesto Vilches, Nicolás Fregues, Tita Merello, Olinda Bozán, Alberto Terrones, Pedro Maratea, Malisa Zini, Tilda Thamar, Berta Moss y Percival Murray.
Sin colaborador: 1943: «Eclipse de sol». Según obra de Enrique García Velloso. Intérpretes: Libertad Lamarque, George Rigaud, Angelina Pagano, Pedro Quartucci, Alita Román, Juana Sujo, Alberto Terrones, Raimundo Pastore y Celia Geraldy.
1947: «Como tú lo soñaste». Sobre el libro de George Kaiser «Un día de octubre». Intérpretes: Francisco Petrone, Sebastián Chiola, GuilIermo Battaglia, Juana Sujo, Federico Mansilla, Enrique Chaico, Teresa Serrador, Diana Montes y José María Gutiérrez.
1947: «Pobre mi madre querida». Intérpretes: Hugo del Carril, Emma Gramática, Aída Luz, Graciela Lecube, Horacio Priani, María Esther Buschiazo, Leticia Scury, Pablo Cumo, José Franco y Julián Bourges.
1949: «De padre desconocido». Intérpretes: Enrique Muiño, Fernando Lamas, Orestes Caviglia, Delia Garcés, Rosa Rosen, Aurelia Ferrer, Alfonso Ferrari Amores, Osvaldo María Cabrera y Luis de Lucía.
1950: «El último payador». La vida de José Betinoti. Intérpretes: Hugo del Carril, Aída Luz, Orquídea Pino, Gregorio Cicarelli, Tomás Simari, Ricardo Passano, Rosa Catá, José Ruzzo, Lito Bayardo, Marino Seré, Yuki Nambá, Vera Láinez, Alberto Terrones, Francisco Donadío y Juan Caferatta.
Con CARLOS A. ORLANDO: 1950: «Escuela de campeones». Intérpretes: Jorge Ricaud, Silvana Roth, Pedro Quartucci, Enrique Chaico, Carlos Enríquez, Héctor Coire, Gustavo Cavero, Pablo Cumo (h), Emilio De Grey, Hugo Mugica y Eduardo Ferraro.
OBRAS de TEATRO: HOMERO MANZI y ULISES PETIT DE MURAT: «La novia de arena». Sobre la vida de Elisa, hija del Almirante Brown. estrenada el 7 de Marzo de 1945 - Teatro Odeón (Buenos Aires) Intérpretes: Delia Garcés, Orestes Caviglia, Enrique Diosdado y Milagros de la Vega.
COMEDIA MUSICAL: HOMERO MANZI, PEDRO M. BRUNO y ANTONIO DE BASSI: 1948: «Con la música en el alma». Con la orquesta y participación de Francisco Canaro. Intérpretes: Francisco Canaro, Andrés Poc, Alberto Arenas y Perla Mux.
COMO DIRECTOR CINEMATOGRÁFICO: En 1947 «Pobre mi madre querida» y en 1950 «El último payador» ambas con Ralph Papier.
Por su pertenencia al campo de lo nacional y popular, Manzi dejó de lado ciertos dogmatismos que impide descubrir inspiraciones de esta naturaleza en algunos personajes de nuestra historia.
En el guión de la película «Su mejor alumno», Manzi nos entregó un prócer tan apasionado y obstinado como sensible a las necesidades del pueblo y de la patria. Nos mostró otro Sarmiento.
El historiador investiga aquello que tiene significatividad presente.
¿Significatividad presente para quién?: para un ser individual... el propio historiador. Y la respuesta es una: no hay juicio de la Historia, hay juicio de los historiadores.
Esa significatividad no es ni inocente ni aséptica, es el resu-ltado de las coordenadas de tiempo, espacio y mentalidad desde las que cada historiador dialoga con el pasado.
El cuestionado Sarmiento puede ser defendido, pero defendido desde Homero Manzi. Ese Sarmiento, el de Manzi, es el que tuvo tanta trascendencia en nuestra infancia.
Seguramente se comete una injusticia valorando en menos la participación de Ulises Petit de Murat en la redacción del guión de «Su Mejor Alumno», pero es cierto que se desconoce el grado de participación que cada uno de ellos ha tenido, pero Homero firmó el texto, lo que significa su acuerdo con el contenido del mismo.
Puede, a partir de allí, formularse un anclaje que interesa: Homero Manzi es un nombre cuya situación mental puede reconocerse. También puede reconocérselo en los textos suyos, y por lo tanto se puede coincidir, tanto en sus ideas como en el universo sentimental que expresan.
El guión de la película no escapa a esta constancia. No debe tomarse, entonces, esta actitud como una falta de respeto hacia su compañero de pluma.
En el despacho del ministro Portela y ante la presencia del periodista Soto, con quien peleará a bastonazos en la calle y mantendrá una disputa periodística, Sarmiento, con tanta impaciencia como desatino político, reclama la creación de un departamento gubernamental para atender el desarrollo de la instrucción pública. El ministro lo manda a la Legislatura, aduciendo que ya no se gobierna por decreto como en la época de Rosas.
La respuesta es contundente «No debe recibirse como moneda de buena ley todas las acusaciones que hemos hecho a Rosas en aquellas épocas de lucha. ¡Al pasado no hay que criticarlo, hay que superarlo!».
El relato se adelanta en el tiempo. Sarmiento ya es Senador por la Provincia de Buenos Aires. Un debate intenso y los jóvenes, entre los que está su hijo Dominguito, se expresan con entusiasmo desbordado.
Un Senador acusa a Sarmiento de desconocer la realidad de la campaña; admite que defienda sus bibliotecas y escuelitas, pero no acepta que para ello tenga que insultar a los que «nos hemos enriquecido con nuestro trabajo».
Sarmiento contesta con la excitación a la que ya estamos acostumbrados: «La riqueza de ustedes no se debe al trabajo sino a la vehemencia de los toros y a la fecundidad de las vacas...». El Senador se ofende porque está injuriando a las fuerzas vivas. La respuesta es aleccionadora: «¿Fuerzas vivas?... ¡Eso no se lo permito yo! ¡La única fuerza viva es el pueblo!... En usted reconozco solamente la voz de una aristocracia con olor a bosta!».
Luego vienen chicanas mutuas, pero es el propio Sarmiento el que intenta reencausar el debate por el camino de la discusión de las ideas: «Esta tormenta la ha provocado mi afán de educar al pueblo de la campaña... A los hijos de los gauchos. Yo... Yo que nunca les hice derramar su sangre generosa para servir a mis ambiciones; yo que nunca los adulé para explotar su ignorancia, soy aquí el defensor de su porvenir. Y los otros, los que se llenan la boca con la palabra gaucho, me apostrofan, se ríen de mí, me llaman loco y le niegan al gaucho no sólo la educación sino hasta la tierra y el producto justo de su trabajo».
Cuando el Sarmiento de Manzi relativiza los embates contra Rosas, habla de una aristocracia con olor a bosta y dice que la educación asegurará el porvenir de los gauchos y que los que se oponen a su propuesta son los mismos que dicen defender al hombre de las pampas, ¿quiénes son los que debaten? ¿Sarmiento y dos senadores que ni siquiera son nombrados? ¿o las ideas nacionales y populares de este joven radical irigoyenista, que no había tenido tiempo aún de hacerse peronista, y las ideas tradicionalistas de los nacionalistas de derecha?.
El texto sigue poblado de ideas similares: «...con esos gauchos San Martín formó un ejército». Y algo mucho más radical: «Cuando se agitan las pasiones políticas es difícil saber de qué lado está la barbarie. Casi siempre llamamos barbarie a lo que no nos conviene».
En una escena, Sarmiento está preso por la pelea callejera con Soto. El comisario lo inquiere con exigencia, Sarmiento responde con altanería. Le pregunta la edad y la respuesta es «Tengo un año menos que la patria».
Llega Mitre a rescatar a su correligionario, y cuando abandonan la comisaría, Sarmiento dice al oficial de policía, quien se había puesto adulón con la presencia del gobernador, «¡Ah!... Para la próxima vez espero que sepa más historia. ¡La patria nació el 25 de mayo de 1810!»
Homero Manzi, en esta película nos propone un Sarmiento hernandiano, cargado de amor a la tierra y a los hermanos que la habitan, ofreciendo los beneficios de la civilización para todos.
Mucha gente, quizás, no indaga en todo esto, porque con seguridad han perdido el interés que se debería tener para comprender las instancias precisas de nuestra historia y que es el producto del ejercicio impuesto de la desmemoria a la que fuimos sometidos.
Homero Manzi vino del interior a darnos la cultura de la poesía, del tango y de todo lo que significa un sentimiento nacional. Junto al tango está el sentimiento nacional; junto al tango y a la poesía está la integración del país y su propia expresión social.
Y Manzi también se refiere a la mujer. A las mujeres que trabajan, a las que trabajan para sobrevivir, de mujeres que deben dejar el alma y el cuerpo para poder persistir.
Así surge el tango Malena: «Malena canta el tango como ninguna / y en cada verso pone su corazón...», como se debe ponerlo en cada obra que se realiza, en cada expresión y en cada lucha que se libra en todas y cada una de las batallas que la vida exige.
Continúa el tango: «A yuyo de suburbio su voz perfuma, / Malena tiene pena de bandoneón...» El bandoneón expresa pena, sentimiento y mensaje, y esta poesía Manzi la elabora con el corazón. Y sigue: «Tal vez allá en la infancia su voz de alondra...», la infancia como un recuerdo, como nostalgia, «... tomó ese tono oscuro de callejón...» Los callejones son oscuros como la propia vida para muchos seres humanos: sin trabajo y sin posibilidades. Callejones con sombra y con tinieblas, sin luz para transitar el futuro.
Sigue: «... o acaso aquel romance que sólo nombra / cuando se pone triste con el alcohol...», la ebriedad, que para muchos es el alimento para olvidar penas y sostener esperanzas. «Malena canta el tango con voz de sombra....», la voz de sombra que no tiene luz ni la vibración del sentimiento. «Malena tiene pena de bandoneón». En definitiva nos muestra las llagas vivientes de una vida triste y difícil.
Por todo lo dicho y por mucho más vale hablar de Manzi. Es encender el espíritu y levantar todas las emociones que tenemos arraigadas. Sin emociones y sin espíritu, por más materia que tengamos, por más dinero y elementos que puedan conformar nuestras alforjas, la vida no tiene valor. La vida tiene valor en la medida en que sepamos sustentar y beber de esas fuentes espirituales. Ese es el mensaje que nos dejó Homero Manzi.
Por eso, vale hablar de Manzi, de este hombre del interior que vino a hacer resplandecer la voz, el sentimiento, la integración, la conciencia nacional y el destino que debemos transitar todos los argentinos.
Manzi fue un revolucionario y, si bien no alcanzó a combatir en San Joaquín, en la histórica revolución de Paso de los Libres donde los irigoyenistas plantearon la defensa del movimiento popular y su reacción ante lo que era el régimen, pudo con posterioridad plasmar como coautor en la célebre Marcha de Forja su espíritu revolucionario cuando concretó en célebres estrofas el espíritu radical de aquella época.
Decía: «Forjista si estás de guardia y te preguntan dirás / dirás que velas las armas que mañana empuñarás». Era el espíritu revolucionario que reaccionaba a través de una juventud que, con firmeza, atacaba al régimen.
Y también en su prosa y en su poesía plasmó fundamentalmente el sentimiento popular y esa reacción permanente contra el régimen, utilizando el canal de la música para las épocas en que la persecución obstaculizaba las posibilidades de las manifestaciones populares.
Así fue que en aquella «Milonga del 900» hizo pública su manifestación de que era hombre de Leandro Alem, lo que permitió que el pueblo abrazara como un canal de expresión esas célebres estrofas que se le metieron inmediatamente en el corazón.
Su faceta más importante fue, sin duda, la poética, pero no muy lejos estuvo la política, donde su compromiso con el movimiento popular y nacional; que en aquella época encarnaba el yrigoyenismo; lo convirtió en un militante.
Posteriormente, cuando las circunstancias políticas generaron el hecho revolucionario que culminó con la irrupción de Juan Domingo Perón en el poder y en las instancias de transformaciones que vivió el país, Homero Manzi acompañó hasta sus últimos días al peronismo.
Este militante, este poeta popular, goza del afecto y de la consideración de quienes admiramos su presencia como un vehículo de todas las expresiones del sentimiento concreto del pueblo.
Los que viven con el apuro de dar se van pronto, y nos dejan mucho.
El 3 de Mayo de 1951, con solo 44 años de edad, la muerte «le pungueó el corazón» y él se despidió «lleno de luces y colores que integran mi cortejo final de despedida» y Troilo lo llora con «Responso», un conmovedor tango instrumental.
Ernesto Sábato dijo en su poema «Al Buenos Aires que se fue»: «Feliz de vos, Homero Manzi, que te fuiste a tiempo, / cuando aún era posible escribir esas canciones de trenzas y almacenes; / cuando todavía los espíritus no estaban resecados por la ferocidad y la violencia».
Y el Poeta Horacio Ferrer le dice:

«Homero viene allá, de sur vestido,
su muerte fue tan solo un mal momento,
ahí va sembrando vidas que no han sido,
por un claro de cuna de arrabal.

Tras él vienen sus novias en cortejo,
mostrando el corazón de adiós tejido,
cuando él, grave de todos, sangra un río,
de glorias y fracasos en orsai.

Homero Manzi, tus valsecitos,
la luna triste quiere cantar.
Vamos, Homero, salgamos juntos,
que en el misterio, van a cerrar.

Se asoman, por los barrios para verlo,
los tangos y la fe que han muerto poco
y Manzi les da un nuevo sueño loco,
al son de su guitarra fraternal.
Le enseña a presagiar a nuestro olvido
y el pájaro total del amor nuestro
a su barbeta va, buscando nido,
en tanto él fuma y fuma en el umbral.

Homero Manzi, tus valsecitos
la luna triste, quiere cantar.
Vamos, Homero, salgamos juntos,
que en el misterio, van a cerrar».

Fue un «maldito» de la historia argentina, que en el contexto histórico que le tocó vivir, lo hizo a la altura de su pensamiento y de su arte.
Parecería no haber vivencia que no haya quedado plasmada en su obra, y hoy, cuando en la radio de un tallercito del suburbio o en la disquería del centro, florecen sus versos «con un perfume de yuyos y de alfalfa que nos llena de nuevo el corazón» y nos cuenta de «un ladrido de perros a la luna», del «amor escondido en un portón, y los sapos redoblando en la laguna» imaginando «a lo lejos la voz del bandoneón» con «un coro de silbidos... allá en la esquina» parece como si Homero, indoblegable, rebelde, de sur vestido, se pasease todavía entre nosotros, según Cátulo Castillo... «con su cara redonda y sus ojos limpísimos de niño, con su frente triste de pensar la vida y tirando madrugadas».
Es que muriendo como hombre, Manzi renació como mito para mantener viva la canción y encendernos de nuevo la esperanza.
«entre comillas» citas de Norberto Galasso.

Osvaldo Vergara Bertiche
Rosario, Argentina
Quedan reservados todos los derechos.

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FRANCISCO CANARO EN LA VANGUARDIA

LA BARRA FUERTE
En la historia del tango hay un nombre, el de Francisco Canaro que no puede faltar en cualquier reseña del género, fue primer cartel por tres décadas y logró mantenerse vigente a lo largo de su amplia trayectoria que finalizó con su deceso ocurrido el 14 de diciembre de 1964. Francisco llegó al mundo el 26 de noviembre de 1888, en San José de Mayo, pueblo de la Banda Oriental del Uruguay y fue apodado por Sara, una amiga de la familia que estaba ayudando en el parto de la mamá de Francisco, Rafaela Gatto, como Pirincho, ya que esta al verlo nacer exclamó “Parece un Pirincho”.
Diez años más tarde Don Francisco Canaro padre emigró para la Argentina buscando mejores horizontes, dejando a su mujer e hijos en el Uruguay, pero por poco tiempo, ya que Rafaela Gatto y los pequeños se embarcaron rumbo a Buenos Aires, estando así nuevamente la familia Canaro junta. Las cosas no fueron fáciles para los Canaro, tuvieron que soportar miseria, enfermedades y muerte, saliendo adelante como se podía, lo detalla muy bien Pirincho en su libro “Mis memorias” “...sin recursos, sin trabajo y sin conocer a nadie, debimos sortear un verdadero “vía crucis”, pues en esos primeros tiempos contábamos únicamente con la discreta ayuda de un pariente lejano, llamado Bonomi, que estaba instalado en la calle Matheu entre las de San Juan y Comercio, con un negocio de cantina.
Mi padre además de “Camposantero”, tenía práctica y conocimientos en el oficio de albañil, y tras empeñosa búsqueda, poco a poco, logró empezar a trabajar un día sí y dos no. En esa época estaba muy escaso el trabajo en construcciones, pero, aun pasando algunas necesidades, porque éramos muchos de familia y la mayoría pequeños como dije antes, logramos ir tirando con ayuda de la providencia...”
Pirincho como sus hermanos también trabajo para ayudar a la familia y lo hizo en varias ocupaciones como por ejemplo, vendedor de diarios, lustrabotas, pintor y albañil. Pero tanto esfuerzo hizo en él un luchador de la vida y así lo demostró a lo largo de su trayectoria artística y profesional.
Pirincho aprendió a tocar la guitarra, el mandolín , pero su instrumento preferido fue el violín y justamente con uno que el mismo se construyó con la ayuda de un amigo de oficio lustrador de muebles apodado “El tuero Barbosa”, comenzo su actividad en la música amenizando bailes en el barrio con un trío integrado por Martín Arrevillaga en mandolín y Rodolfo Duclós en guitarra.
Luego la carrera de Francisco musicalmente fue siempre ascendente, como también destacable su obra en defensa de los derechos autorales de los músicos y sus famosas comedias musicales.

NO HAY QUE HACERSE MALA SANGRE
La pantalla grande para Canaro fue un problema más que grande ya que la suerte, sumada a la inexperiencia en el tema, en este emprendimiento no lo acompañó.
En 1934 con Jaime Yankelevich y Juan Cossio fundó la productora cinematográfica Argentina “Río de la Plata” con la cual realizó once producciones con directores de la talla de Eduardo Morera, Claudio Martínez Payva, Manuel Romero, Lucas Demare, Antonio Momplet y Luis Bayon Herrera.
Canaro antes de haber fundado la compañía “Río de la Plata”, había tenido una experiencia fílmica con los famosos cortos dirigidos por Eduardo Morera de 1930, llamados “Encuadre de canciones”, los cuales fueron los precursores del video clip y los que inauguraron la producción del cine sonoro en la Argentina.
Según cuenta Pirincho sobre esta labor su libro sus memorias decía “Influenciado por Eduardo Morera, que tenía gran entusiasmo por la dirección de las películas cinematográficas, nos reunimos un día con Carlos Gardel, José Vázquez Vigo y Eduardo Morera con el propósito de planear la formación de una sociedad para la producción de películas de cortometraje, con la base esencial de la actuación de Cralos Gardel y de mi orquesta. No discutimos mucho, quedando formalizado el convenio, y de inmediato comenzamos a filmar una serie de películas, en unas cantando Gardel acompañado de sus guitarristas y otras que acompañé yo con mi orquesta... ...Las filmaciones las hacíamos en los Estudios de don Federico Valle, situados en la calle Gavilán. Llegamos a confeccionar varias películas, que alcanzaron un resonante éxito. En esos tiempos el cine sonoro estaba en pañales...”
Con la productora cinematográfica Río de la Plata en 1934 la primera producción que abordaron, dirigida por Eduardo Morera, fue “Ídolos de la radio”, de un sencillo argumento en la cual las estrellas fueron las figuras de resonante éxito de la radiotelefonía del momento como Ignacio Corsini, Ada Falcón, Tita Merello, Olinda Bozán y Tito Lusiardo , entre otros.
Idolos de la radio tuvo buena aceptación resultando un éxito, su estreno se realizó el 24 de octubre de 1934 en el cine Monumental.
La segunda producción fue dirigida también por Morera y se llamó “Por buen camino”, una cabalgata del deporte Argentino, para esta película Canaro compuso “Paso al deporte”, marcha deportiva y “El que a hierro mata”, tango que cantó Roberto Maida.
Por buen camino no tuvo mayor éxito, pasando discretamente por las salas cinematográficas de Buenos Aires.
La tercer producción fue “Ya tiene comisario el pueblo”,originalmente era una exitosa obra teatral que llevaron al cine con la dirección de Morera y Claudio Martínez Payva, este último además autor del argumento.
Según Canaro en sus memorias decía lo siguiente de esta película “ Su estreno se llevó a cabo el 29 de octubre de 1936 en el Gran Cine Teatro Broadway y desgraciadamente no obtuvo el éxito que la obra alcanzara en el teatro, tal vez por tratarse de un argumento ya muy trillado y demasiado conocido para el público; al contrario de lo que ocurre con las obras teatrales de jerarquía, que al ser transplantadas a la pantalla siguen suscitando un interés latente.”
El elenco lo conformaron Paquito Bustos, Agustín Irusta, Roberto Fugazot, Elisardo Santalla, Aída Luz y Antonio Delgado, entre otros, y en lo musical Canaro para este film compuso varias obras con Lucio Demare. Para esta ocasión la tercera no fue la vencida.
La cuarta apuesta de la productora Río de la Plata fue “La muchachada del circo”, con el argumento y la dirección de Manuel Romero.
A pedido de Yankelevich y Cossio, los otros socios de Canaro, al ver que las películas anteriores no habían logrado las expectativas que tenían le pidieron a Pirincho que en esta oportunidad les dejara a ellos llevar a cabo una idea que tenían, y Canaro accedió.
El costo de esta película fue muy superior a las que le precedieron, Manuel Romero, un exitoso y popular director cobró mucho más de lo que solía pagar Canaro por la dirección fílmica, además se monto un circo con elefantes, tigres, caballos, leones, payasos, etc,y el elenco lo integraron Luis Arata, Irma Córdoba y León Zárate, entre otros, y la música estuvo a cargo de Alberto Soifer, pero con todo este despliegue no lograron mejores resultados y por este motivo Yankelevich y Cossio decidieron no seguir produciendo películas, dejándole “el muerto” a Canaro.
Con esta disolución Pirincho quiso largar también la actividad cinematográfica y se reunió con el dueño de la cinematográfica Sono Film Ángel Mentasti para ofrecerle el estudio, pero Mentasti no se intereso , sino que más que comprarle los estudios lo que quería era trabajar con Canaro, pero desgraciadamente al poco tiempo Mentasti murió, sino Pirincho hubiera sido socio de Argentina Sono Film.
Luego apareció Manuel Romero, que trabajaba para la empresa Lumiton y le llevó una propuesta a Canaro, que Pirincho sea el socio Capitalista y que él se encargara de la realización de la películas.
Canaro aceptó, y al tiempo lo comenzó a llamar para comenzar a trabajar y Romero se negaba, en resumen esa sociedad no se llevó a cabo y probablemente, según palabras de Canaro, Romero con esta posibilidad de dejar Lumiton le sirvió para renegociar su contrato.
Tras el fracaso de estas dos negociaciones, a Canaro no le quedo más que seguir solo buscando el éxito cinematográfico tan ansiado y se decidió a realizar la quinta producción de su productora Río de la Plata, la cual fue “Dos amigos y un amor”, con dirección de Lucas Demare, que en ese momento no tenía más antecedentes que haber compaginado películas en España. El elenco lo integraron Pepe Iglesias (el Zorro), Juan Carlos Torry, y Santiago Gómez Cou, entre otros. Canaro para Dos amigos y un amor compuso dos tangos, “Cuando el corazón” cantado por Roberto Maida, y “Hay que aclarar” cantado por Pepe Iglesias. El estreno se realizó el 8 de febrero de 1938 en el Gran Cine Teatro Broadway, y como dijo Pirincho “logrando muy halagüeño éxito”.
Cantando llegó el amor fue la siguiente película , era una comedia musical, con Perlita Mux, Agustín Irusta, y el debut de Fanny Navarro que luego haría carrera en el cine argentino. Otra película que pasó sin pena ni gloria.
Para la séptima producción de la productora Río de la Plata, “24 horas en libertad”, se lo volvió a convocar a Pepe Iglesias (“El zorro”), completando el elenco Niní Gambier, Miguel Gómez Bao, Oscar Villa, Enrique Roldán y Carlos Enriquez. Quien también fue convocada para participar de este film fue Niní Marshall, para realizar su famoso personaje de “Catita”, pero sucedió que al finalizar el argumento la participación de Niní era corta y de poca importancia, así es que Canaro prefirió dejarla para otra producción en la cual se pudiera lucir más.
La dirección de “24 horas en libertad” fue realizada por Lucas Demare. Decía Canaro sobre el joven director en sus memorias “... Lucas Demare, que hoy figura entre los directores más hábiles por sus relevantes méritos como hombre del “metier”. Me cabe a mí la íntima satisfacción de haber descubierto a Lucas Demare como director y de no haberme equivocado al confiarle la jefatura técnica y artística de mis dos películas, a pesar de los vaticinios que en su contra me formulaban asiduos “amigos” allegados a mis estudios; y aunque las películas dirigidas por él no lograron el éxito que era de esperar, yo tuve una grata compensación y hasta un consuelo en haber sacado y estimulado para la cinematografía argentina uno de sus mejores y más inteligentes directores.”
“El entierro de Carlos Gardel” fue la octava producción de Canaro. Era un cortometraje de la despedida del Zorzal documentando el cortejo fúnebre desde el Luna Park hasta el cementerio de la Chacarita, la dirección estuvo a cargo de Eduardo Morera.
Luego llegó “Turbión” un rotundo fracaso económico para Canaro, la dirección la realizó Antonio Momplet que según comentó Pirincho “resultó ser un Catalán aventurero y embaucador, que sabía contar fantasiosamente el argumento de una película que luego no era capaz de realizar, porque le faltaban los peregrinos cálculos...”
En 1946 Canaro volvió a animarse a una nuevo producción, la décima, la dirigó Manuel Romero, coproducida con Luis Sandrini y llevó por título “El diablo andaba en los choclos” . El elenco lo conformaron Luis Sandrini, Silvana Roth, Alita Román y Manuel Urriola, entre otros.
Esta película se filmó simultáneamente en los estudios Río de la Plata y en los de “Efa”, y mientras se rodaba la compañía cinematográfica de Juan Gutman la “Interamericana” hizo una oferta para comparar la película por cinco años y luego de negociaciones y de la insistencia de Sandrini, Pirincho accedió a venderla en un dinero que resultó, debido a que en las producciones cinematográficas suele gastarse más de los calculado, que con la paga de la “Interamericana” se cubrieron los costos de realización.
El diablo andaba en los choclos fue un éxito pero ya estaba vendida, así que recién caducados los cinco años de convenio Canaro renovó contrato por otros cinco años obteniendo m$n 200.000 de ganancias.

Fernando Gabriel del Priore

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COMO NACIO EL TANGO "SE VA LA VIDA

"En 1929, el violinista Edgardo Donato, le acercaba a la letrista María Luisa Carnelli -que firmó sus tangos como "Luis Mario"- un tango que acababa de componer. Y, con ese tango, un negocio. Ocurría que cierta firma de sanitarios le había ofrecido quinientos pesos por un tango de propaganda lo cual no era extraño desde los ya para entonces lejanos días en que Angel Villoldo había compuesto los que tituló "Gath & Chavez" o "Pineral".
María Luisa puso manos a la obra y, en poco tiempo la publicidad, en tiempo de tango estuvo concluída. El inconveniente fué que el músico y el comerciante tuvieron diferencias y el tango quedó en la nada. Al igual que los quinientos pesos. Con todo, Donato no se desanimó y le propuso a su colaboradora escribir una nueva letra...
Esa segunda letra se tituló "Se va la Vida" y resultó una reacción contra tanto buen consejo que los letristas venían dándoles a las chicas de barrio: decía en una de sus partes: "...se va la vida, se va y no vuelve/ escuchá este consejo:/ si un bacán te promete acomodar.../!Entrá derecho viejo!". Y termina diciendo " ! no pensés en dolor ni en virtud!, !Viví tu juventud!".- En tal desenfado radicó el éxito que inmediatamente ganó la obra.
Pensamos que el revuelo hubiera sido mucho mayor si el público descubría que el consejero era... ¡una mujer que de ése modo guiaba a otras mujeres! El estreno corrió por cuenta de Azucena Maizani, que asimismo lo difundió en España, donde llegó a ser uno de los tangos más pedidos, junto a "La Cumparsita " y "Adios Muchachos".

Nota enviada por: Gloria Ma. Seghezzo

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"DEL TANGO PROCAZ AL PACATO"

El profesor de la UBA Gustavo Varela analiza los comienzos del tango y explica cómo mutó de música prostibularia a discurso moralizante.-
¿Cómo es el paso del espíritu procaz y festivo del tango de los primeros años, a su versión decente e higiénica de principios del 1900?.
El tango trasciende la frontera prostibularia cuando se va a París en los primeros años del siglo XX. Entonces recibe una carta de ciudadanía moral para que sea aprobado, lentamente, por la sociedad porteña, que miraba a Francia como la Meca de lo que era "culturalmente aceptable". Paralelamente, el inmigrante ya no es un nómade sino que se va integrando a las estructuras sociales y económicas del país, funda una familia, tiene hijos. Toda una industria cultural se monta alrededor del tango: se venden miles de partituras, se abren nuevos salones, aparece una incipiente industria discográfica. El baile va perdiendo la procacidad de orígen, se hace liso y, para mantenerse vivo, se higieniza.
-Si en sus comienzos el tango cantaba al erotismo, ensalzaba los vicios y festejaba la vida prostibularia en general, ¿qué temas lo reemplazan al entrar a los salones?.
Los primeros títulos de los tangos son festivos y desprejuiciados: "Dos sin sacarla", "Afeitate el 7 que el 8 es fiesta", "Tocámelo que me gusta", "Sacudime la persiana". Algunas letras de Villoldo son tan procaces que hasta hoy producirían escándalo. El tango se limpia de su orígen prostibulario cuando funda todo un universo de valores morales: la madre, el barrio, los amigos, el amor, la dignidad. Todo lo que lleva al descontrol es peligroso, la alegría prostibularia se pierde y la tristeza comienza a ganar terreno. Hasta el tango se acusa a sí mismo de maldito porque su música es capaz de conducirnos por un camino inmoral. (...)
- Según su enfoque, en ese cambio es central la representación de la mujer.
Sí,Angel Villoldo escribe "La Morocha" en 1905. En la letra, es la voz de una mujer la que habla "Soy la morocha argentina, la que no siente pesares y alegre pasa la vida con sus cantares". Pero además tiene mirada ardiente; en ella el amor no es inocencia sino fuego. Tanto fué el éxito que las mujeres se teñían el pelo y se pintaban la cara para parecerse a ella.
Años después, con el tango canción, la figura femenina se moraliza: por un lado el bien, el ideal, es decir, la madre asexuada y pura, y la novia, pretendiente de la misma pureza.
- Y por el otro...
Por el otro, el mal, la mujer de la vida prohibida y tentadora, aquella que toma champán y baila el tango, que muestra su alegría en el cabaret para esconder la desdicha de ser una perdida. El tango la condena a un destino de caída irreparable: su felicidad es falsa, transitoria; el desenfado de la juventud se paga con desgracias. Es la imágen de La Rubia Mireya (...).-"

Estracto de una nota de Gustavo Varela, profesor de Filosofía y músico. De ese doble interés surgieron varias iniciativas, entre ellas el Seminario El Tango, la genealogía, la historia, del que está a cargo en la carrera de Cs. de la Comunicación de la Universidad de Buenos Aires. Además da clases en la Universidad del Cine.

Colaboración de Gloria Ma. Seghezzo

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